AÑORANZAS DEL TÍO CONIA. RECUERDOS DE OTOÑO

RECUERDOS DE OTOÑO

Martín Simón Martínez

Portada de la revista

Publicado en el número 47 de la revista Argutorio, 2021.
          

Abandona nuestro amigo, después de la sistia, el hogar y emprende lentamente la marcha con Rucio, su compañía inseparable, hacia las eras del Alicreigo. Aquí, se encuentra con Cleto, que llega renqueante apoyado en su cachava repicando con las galochas. Este, ya centenario, tapa sus escasos pelos con una boina muy sobada; es  más bien bajo, algo encorvado, de tez morena, con los ojos como dentro de unas cuevas y con un mentón que se quiere salir; algo serio y escueto en la conversación, pero lúcido y seguro en sus dichos y recuerdos.

  • Buenas tardes – se dicen los dos a una.
  • ¡Qué pocos vamos quedando en el pueblo! –se lamenta con melancolía Conia.

Allí, a la sombra de la caseta, se sientan mientras Rucio corretea hacia los pilones husmeando de aquí para allá en busca de algún entretenimiento. Las hojas de los chopos, adivinando el otoño, decoran con una alfombra de tonos amarillentos y ocres el suelo de la era.

¡Chacho! –exclama Cleto, y comenta con tristeza-: ¡Qué bullicio de gente había en otro tiempo por eiquí! Los mayores trajinaban  con sus carros en las labores del campo, los rapás corríamos y nos entregábamos a los juegos por estas praderas y en las eras del Cristo nos peleábamos por conseguir un garabito y colocarlo en la última argolla de la cadena de la ermita, y… ¡abajo, arriba! ¡abajo, arriba!… mientras la campanina, obediente, lanzaba al viento: pendángola, pendángola

Los dos, dejando atrás sus recuerdos, deciden abandonar las eras e  irse al habitual corrillo.

– ¡Coiro!, está llena la calle de cagayas –dice Cleto con un cierto enfado, y continúa-: ¡Mira que se le ha dicho al pastor que no entre por el pueblo con el rabaño…!

– Hasta los años setenta –matiza Conia-, las cortes de las ovejas, en ocasiones, se hallaban en el interior de la aldea y eran frecuentes estas cagarrutas; en este caserón de la plazoleta, ya recuerdas quien guardaba sus ovejas: el tío Leche.

– Sí, Conia, sí. No se me ha olvidao –dice Cleto, y precisa-: Entonces vivíamos de la labranza y del ganao

Dirigen sus pasos hacia el rincón soleado y de amplio corredor de Blas y Clara, contiguo a la escuela, donde acuden los vecinos y algún que otro veraneante rezagado.

Al pasar ante el taller de Venancio, y viendo la puerta abierta, se asoma Conia y dice:

– ¡Buenas tardes, amigo! ¿Cómo va ese trabajo? ¿Hay mucha tarea?

El carpintero, experto en el oficio heredado de su padre, el tío Raimundo, se afana en la colocación de los clavos a unas puertas carretales.

– Estoy, tío Conia, concluyendo estas puertas de negrillo para el tío Alejandrón. Él, como buen maragato, me solicitó que llevaran los herrajes tradicionales. Así que acudí a la fragua de José Ares, de Valdespino, le hice el encargo y esta es la obra que me ha entregado: la falleba, los clavos que estoy terminando de asentar, los ángulos ya puestos, la chapeta y la cerradura. ¿Qué les parece?

Espejo con asa. Foto del autor
Chapeta, interior. Foto del autor

Añoranzas del tío Conia. La madera: tala y transformación

La madera: tala y transformación

Martín Simón Martínez

Artículo publicado en el número 45 de la revista Argutorio , año 2021.

         Es un día de verano, luminoso y sofocante, de esos en que es obligado el descanso lejos del sol. A media tarde no hay todavía demasiada gente en la plaza. La galbana se ha apoderado de los presentes; apenas hablan, solo se percibe algún que otro canto de golondrinas y los leves ladridos de bienvenida de Rucio.

         ¡Cuántas tertulias habrán presenciado estos castaños centenarios que embellecen y dan alivio al lugar!

         Hoy, algo rezagado, acude al ágora el tío Conia con su amigo Nicolás. En cuanto llega, impaciente, traslada a los presentes su habitual saludo:

– Buenas tardes nos dé Dios. -Y sin reposar, agrega-: Me acompaña Nicolás, mi entrañable amigo. Seguro que os seducirá con su fácil y amena conversación.

         Nicolás es también alto, algo rechoncho, de tez morena y pelo blanco que oculta bajo una gran boina, ya desteñida por los años. Sus ojos azules y vivarachos transmiten alegría; su nariz chata presume de eficiencia, y su boca, algo desdentada, maneja con soltura  las palabras.

         – Muy buenas, acomódense –responde Casqui, uno de los presentes, como desperezándose.

         – Me conocen por Colás y soy de Villausana –espeta el buen hombre, prodigando satisfacción a raudales, y añade-: Me dice Conia que tenéis muy animadas tertulias todos los días bajo el cobijo de estos hermosos árboles y que os satisface conocer la vida y las historias de aquellos tiempos tan añorados de nuestra niñez y nuestros abuelos.

         – Hoy estamos adormilados, el calor nos aplana -cuchichea Chirri con la vista perdida.

         – Aprovechai, que a mi amigo se le escapan las palabras, no puede vivir en silencio –dice Conia orgullosa y socarronamente.

         – Hace unos días –salta Casqui, aprovechando la visita del forastero y  tratando de dar con el misterio-, husmeando en el antiguo taller de la casa, encontré  un artilugio un tanto raro sobre la pared, como un serrucho enorme, largo y con sendos palos en sus extremos.

         – Colás, dejando escapar una pícara sonrisa, exclama con agrado y sin aspavientos:       

         – Ese instrumento del que hablas es un tronzador, al que hoy ha derrotado otro, más rápido y eficiente: la motosierra. En mi niñez era la herramienta que, con el machao y las pinas, utilizábamos para cortar y trocear los árboles. El talado lo iniciábamos con el machao –prosigue, ávido de explicación- dando un corte horizontal y profundo en forma de cuña y próximo al suelo en el lao del pie del tronco hacia donde intuíamos -o preferíamos- que se iba a producir la caída. Seguidamente, en la parte opuesta, dos operarios colocaban el tronzador transversalmente, con la lámina perpendicular al madero, y daban comienzo, con sus manos asidas al pino de la empuñadura, al movimiento de vaivén que conseguiría completar el corte en busca del tajo anterior. Cuando el tronzador estaba ya  muy próximo a la cortadura del machao, el árbol se estremecía y gemía con suaves restralletes. Era un momento en el que los taladores habían de ser muy hábiles, pues un leve descuido podía motivar su atrapamiento en la caída. A veces, impertérrito, se resistía a dejar su posición de firme, como burlándose, y era preciso vencerlo introduciendo con la maza unas pinas de hierro -o de madera- en la ranura del tronzador, hasta que se rendía; y él, exhausto, se inclinaba y se desplomaba con gran estruendo. Ahora, ya entregado, llegaba el momento de descañarlo, tarea que efectuábamos cuidadosamente con el machao o machada. Con el árbol desnudo, se procedía a despedazarlo; pero antes era necesario marcar los roldos. Uno de los operarios tomaba una vara de dos metros y medio e iniciaba desde el pie del árbol la medición, mientras otro jornalero o él mismo hacía la farpa en el extremo con la macheta. A continuación, dos trabajadores -a veces chavales de la familia- principiaban el despiece con el tronzador. Cuando eran necesarias vigas y tijeras cortábamos más largos los tramos. Las picotas y las partes restantes las aprovechábamos para otras necesidades, como carreras, cargaderos, estantinas… Allí mismo en el prao, y no pocas veces, se les quitaba con el machao a roldos y vigas su casca y nudos, grandes e irregulares por las podas efectuadas en la obtención de la hoja,  alimento invernal de ovejas y cabras.

Tronzador. Foto del autor

AÑORANZAS DEL TÍO CONIA TARDE DE PRIMAVERA

AÑORANZAS DEL TÍO CONIA

Martín Simón Martínez

Publicado en la revista Argutorio en 2020.

La plaza está poco concurrida. La señora Leo, su vecina Cloti y Casqui, que ha acudido al pueblo el fin de semana para disfrutar de los buenos aires y de sus gentes, descansan en ella. Los pajarillos, en continuos revoloteos entre las ramas de los árboles, ofrecen interminables conciertos que alegran la estancia de los presentes. Es una tarde encantadora, con una temperatura ideal para una excursión por los alrededores.

– ¡Chachos! –exclama la dicharachera Leo con sorpresa, mientras gira su cabeza en busca de un rumor que llega de la parte alta de la calle-, peme que tenemos visita.

 – Ya lo creo -cuchichea Cloti dirigiendo su mirada al final de la calle Mayor-. Son los suaves runruneos de Rucio que nos dicen que  Conia no está lejos.

– Buenas tardes nos dé Dios -espeta Conia al alcanzar la plaza.

– Muy buenas; tome asiento –contestan los presentes.

– ¡Caramba…! Vienes muy preparado, como si fueses de viaje –dice sorprendida Leo.

– Voy a Villausana a hacer una visita a mi amigo Colás –responde Conia, derrochando alegría en su mirada-. Y sin pausa, agrega: Es, como sabéis, mi entrañable amigo de la infancia.

– ¿Me permite que le acompañe? –le dice Casqui mientras le mira a la cara con mucho aprecio.

– Encantado, una buena compañía siempre es de agradecer –asiente el anciano, sonriente y satisfecho, y sigue-: Es muy conveniente disponer de un buen calzado y de una cayata en las marchas por los caminos, como apoyo y defensa ante ciertas situaciones inesperadas como arroyos, animales… Nos encontraremos en la salida hacia el cementerio.

Casqui, muy atento a los consejos, vuelve a casa en busca de unos cómodos playeros, de una gorra y de la mentada garrota que le faciliten la caminata.

– Veo que aceptaste mis consejos –le dice Conia mientras principian la marcha.

Abandonan la carretera y se adentran en un camino, otrora muy frecuentado y más bien reducido a un sendero hoy, que presenta abundante maleza y agua que serpea cantarina entre las rocas y arbustos en pequeños arroyuelos para entregarse, allá abajo, a la reguera que llaman río Seco.

– Hace años, cuando el pueblo estaba habitado -comenta Conia-, este pasaje estaba bien despejado y transitable: libre de zarzas y espinos y el agua discurría por su reguero. Me contaba mi abuelo Leandro que, por este lugar y muy entrada la mañana, iban él y su padre a la siega de la Llamera de Lao con su gadaño y bigornia al hombro y la cachoupa con la piedra en el cinto, cuando percibieron cómo su vecino Lucio, muy madrugador él, estaba dando fin a la siega del prao.

– Dios te ayude, Lucio –saludan ellos.

– Bienvenidos –replica él-. Y añade, como dejando caer una pesada y desagradable carga: Calvete -así conocían a mi bisabuelo por el Calvo de su apellido-, ¿no has sentido encordiar?

– ¿Qué ha pasado entonces, Lucio? –responde mi bisabuelo, con asombro  y perplejidad.

INICIO Y FIN DE LA VIDA EN MARAGATERÍA

INICIO Y FIN DE LA VIDA EN MARAGATERÍA


https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6744559

Martín Simón Martínez

         Tarde de verano; un cielo azul, ardiente, todo en calma, solo unas mariposas vagan por los alrededores de la plaza. Los compañeros, como era costumbre, descansando bajo los árboles ensimismados en sus historias.

         Acude la señora Leo exultante, y sin poder contener las palabras exclama: ¡Mi nieta Claudia ha tenido una hija, soy ya bisabuela

-¡Muchas felicidades! – le replican todos a coro.

-¡Que la vea usted casada! – añade Cloti.

-Ahora, el embarazo y el parto son seguidos y preparados con desvelo, antes la mujer maragata pasaba por muchas incertidumbres, no pocas veces le esperaba la muerte – precisa Dosinda, que añade-: Señora Leo, anímese, refresque su memoria y tráiganos sus recuerdos y vivencias de la niñez y juventud.

-Ya sabéis que no sé negarme, para mi es una satisfacción rememorarlo – repuso Leo, mostrando una cara llena de satisfacción.


AMASADO DEL PAN Y MATANZA EN MARAGATERÍA

Este trabajo ha sido publicado en el número 38 de la revista Argutorio II Semestre 2017.

Portada de Argutorio

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Amasado en casa y la matanza familiar

Amasado y matanza en Maragatería

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