AÑORANZAS DEL TÍO CONIA (III). LOS GALOCHEIROS

LOS GALOCHEIROS DE MARAGATERÍA: CHANA DE SOMOZA

¡Qué bella mañana! –exclama Conia, al salir a su corredor. Y, absorto por tanta belleza, continúa-: El sol ya inunda el corral, los pájaros revolotean entre los árboles e anegan de alegría con sus cantos y, por si no fuera suficiente, llegan ráfagas perfumadas de las rosas del jardín. ¡Es un encanto!

– ¡Abuelo…! – es la voz de su nieto que lo arranca de aquel embeleso.

– Buenos días, Lucas. Ahora bajo a desayunar, estaba medio aturdido contemplando el nuevo día – contesta con dulzura.

–  Pocos minutos después, entra Conia en la cocina y se acomoda a la mesa ante la cazuela de barro con su desayuno preferido: sopas de ajo, preparadas con esmero por su hija Luisa.

– Me ha dicho mamá que cuanto te levantaras me fuese a la huerta a ayudarle – apunta el nieto.

–  Gracias, Lucas. ¡Qué nietecito tengo más amable y cariñoso! – dice Conia, todo satisfecho, y agrega-: Acércate a casa del señor Cleto y dile que me voy de paseo a las eras.

Abandona nuestro amigo, al finalizar el desayuno, el hogar y emprende,

Repicadores

lentamente, la marcha con Rucio, su compañía inseparable. Al llegar a la plaza, se encuentra con Cleto, que viene repicando con su calzado de madera y apoyado en su cachava. Cleto, hombre de mucha edad, centenario, tapa sus escasos pelos con una boina muy sobada; es  más bien bajo, algo encorvado, de tez morena, con sus ojos como dentro de unas cuevas, aunque aún astutos, su mentón se quiere salir, algo serio y escueto en la conversación, pero muy seguro en sus dichos y recuerdos.

Añoranzas del tío Conia

El tío Clonia en los inicios del otoño

Las hojas de los chopos de las llameras, adivinando el otoño, decoran con una alfombra de tonos amarillentos y ocres el suelo que los sostiene.

– ¡Qué pocos vamos quedando en el pueblo! –medita con melancolía el tío Conia en su paseo de media tarde por el Alicreigo. Dirige sus pasos hacia el rincón soleado y de amplio corredor de la casa de Jacinto y Clara, donde acuden los habituales de los corrillos y algún que otro veraneante rezagado. Al pasar ante el taller de Venancio, y viendo la puerta abierta, se asoma y dice:

– ¡Buenas tardes, amigo! ¿Cómo va ese trabajo? ¿Hay mucha tarea?

El carpintero, de mediana edad, estatura media, moreno, bonachón y  experto en el oficio, en parte heredado de su padre el tío Raimundo, se afana en la colocación de los clavos de las puertas carretales.

– Estoy, tío Conia, concluyendo unas puertas de negrillo para el tío Alejandrón. Él, como buen maragato, me ha pedido que han de llevar los herrajes tradicionales de aquí. Así que acudí a la fragua de José Ares, de Valdespino, le hice el encargo y esta es la obra que me ha entregado: la falleba, los clavos que estoy terminando de poner, los ángulos ya colocados,  la chapeta y la cerradura. ¿Qué le parece?

Clavo de herrero. Foto del autor

AÑORANZAS DEL TÍO CONIA TARDE DE PRIMAVERA

AÑORANZAS DEL TÍO CONIA

Martín Simón Martínez

La plaza está poco concurrida. La señora Leo, su vecina Cloti y Casqui, que ha acudido al pueblo el fin de semana para disfrutar de los buenos aires y de sus gentes, descansan en ella. Los pajarillos, en continuos revoloteos entre las ramas de los árboles, ofrecen interminables conciertos que alegran la estancia de los presentes. Es una tarde encantadora, con una temperatura ideal para una excursión por los alrededores.

– ¡Chachos! –exclama la dicharachera Leo con sorpresa, mientras gira su cabeza en busca de un rumor que llega de la parte alta de la calle-, peme que tenemos visita.

 – Ya lo creo -cuchichea Cloti dirigiendo su mirada al final de la calle Mayor-. Son los suaves runruneos de Rucio que nos dicen que  Conia no está lejos.

– Buenas tardes nos dé Dios -espeta Conia al alcanzar la plaza.

– Muy buenas; tome asiento –contestan los presentes.

– ¡Caramba…! Vienes muy preparado, como si fueses de viaje –dice sorprendida Leo.

– Voy a Villausana a hacer una visita a mi amigo Colás –responde Conia, derrochando alegría en su mirada-. Y sin pausa, agrega: Es, como sabéis, mi entrañable amigo de la infancia.

– ¿Me permite que le acompañe? –le dice Casqui mientras le mira a la cara con mucho aprecio.

– Encantado, una buena compañía siempre es de agradecer –asiente el anciano, sonriente y satisfecho, y sigue-: Es muy conveniente disponer de un buen calzado y de una cayata en las marchas por los caminos, como apoyo y defensa ante ciertas situaciones inesperadas como arroyos, animales… Nos encontraremos en la salida hacia el cementerio.

Casqui, muy atento a los consejos, vuelve a casa en busca de unos cómodos playeros, de una gorra y de la mentada garrota que le faciliten la caminata.

– Veo que aceptaste mis consejos –le dice Conia mientras principian la marcha.

Abandonan la carretera y se adentran en un camino, otrora muy frecuentado y más bien reducido a un sendero hoy, que presenta abundante maleza y agua que serpea cantarina entre las rocas y arbustos en pequeños arroyuelos para entregarse, allá abajo, a la reguera que llaman río Seco.

– Hace años, cuando el pueblo estaba habitado -comenta Conia-, este pasaje estaba bien despejado y transitable: libre de zarzas y espinos y el agua discurría por su reguero. Me contaba mi abuelo Leandro que, por este lugar y muy entrada la mañana, iban él y su padre a la siega de la Llamera de Lao con su gadaño y bigornia al hombro y la cachoupa con la piedra en el cinto, cuando percibieron cómo su vecino Lucio, muy madrugador él, estaba dando fin a la siega del prao.

– Dios te ayude, Lucio –saludan ellos.

– Bienvenidos –replica él-. Y añade, como dejando caer una pesada y desagradable carga: Calvete -así conocían a mi bisabuelo por el Calvo de su apellido-, ¿no has sentido encordiar?

– ¿Qué ha pasado entonces, Lucio? –responde mi bisabuelo, con asombro  y perplejidad.

INICIO Y FIN DE LA VIDA EN MARAGATERÍA

INICIO Y FIN DE LA VIDA EN MARAGATERÍA


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Martín Simón Martínez

         Tarde de verano; un cielo azul, ardiente, todo en calma, solo unas mariposas vagan por los alrededores de la plaza. Los compañeros, como era costumbre, descansando bajo los árboles ensimismados en sus historias.

         Acude la señora Leo exultante, y sin poder contener las palabras exclama: ¡Mi nieta Claudia ha tenido una hija, soy ya bisabuela

-¡Muchas felicidades! – le replican todos a coro.

-¡Que la vea usted casada! – añade Cloti.

-Ahora, el embarazo y el parto son seguidos y preparados con desvelo, antes la mujer maragata pasaba por muchas incertidumbres, no pocas veces le esperaba la muerte – precisa Dosinda, que añade-: Señora Leo, anímese, refresque su memoria y tráiganos sus recuerdos y vivencias de la niñez y juventud.

-Ya sabéis que no sé negarme, para mi es una satisfacción rememorarlo – repuso Leo, mostrando una cara llena de satisfacción.


AÑORANZAS DEL TÍO CONIA. ACARREO Y SIERRA DE LA MADERA (II)

AÑORANZAS DEL TÍO CONIA (II)

El Sol, en su camino hacia el ocaso, ha perdido intensidad,  las sombras dibujan siluetas alargadas en el valle del Duerna. Nuestros amigos, en la plaza, gozan del ambiente habitual de concordia, tan  acogedor: abundan los deseos de chanza, de escuchar las historias del lugar y de disfrutar del paseo vespertino.

No se hace esperar el tío Conia, siempre tan dicharachero, tan agradable  y alegre. Los rapaces corretean concentrados  en sus juegos y travesuras; las golondrinas y aviones, entre revoloteos y chirríos interminables, invaden los hilos del alumbrado. Marqués dormita al lado del crucero y Rucio, que llega, se le acerca juguetón.

Golondrinas en los cables

Golondrinas

– Buenos atardeceres nos dé Dios, amigos – saluda Conia, con la ayuda de la mano y añade, con entusiasmo -: Ayer me sentí muy reconfortado con la visita de mi compadre Nicolás.

– Muy buenas – replican los compañeros con satisfacción.

– Espero compartir largo tiempo con vosotros, como es nuestra costumbre – manifiesta nuestro amigo, como sintiéndose deudor y exclama-: Os prometí que os hablaría de la transformación de los maderos en los aserraderos de nuestro valle.

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