AÑORANZAS DEL TÍO CONIA. ACARREO Y SIERRA DE LA MADERA (II)

AÑORANZAS DEL TÍO CONIA (II)

El Sol, en su camino hacia el ocaso, ha perdido intensidad,  las sombras dibujan siluetas alargadas en el valle del Duerna. Nuestros amigos, en la plaza, gozan del ambiente habitual de concordia, tan  acogedor: abundan los deseos de chanza, de escuchar las historias del lugar y de disfrutar del paseo vespertino.

No se hace esperar el tío Conia, siempre tan dicharachero, tan agradable  y alegre. Los rapaces corretean concentrados  en sus juegos y travesuras; las golondrinas y aviones, entre revoloteos y chirríos interminables, invaden los hilos del alumbrado. Marqués dormita al lado del crucero y Rucio, que llega, se le acerca juguetón.

Golondrinas en los cables

Golondrinas

– Buenos atardeceres nos dé Dios, amigos – saluda Conia, con la ayuda de la mano y añade, con entusiasmo -: Ayer me sentí muy reconfortado con la visita de mi compadre Nicolás.

– Muy buenas – replican los compañeros con satisfacción.

– Espero compartir largo tiempo con vosotros, como es nuestra costumbre – manifiesta nuestro amigo, como sintiéndose deudor y exclama-: Os prometí que os hablaría de la transformación de los maderos en los aserraderos de nuestro valle.

– ¡Cuánto celebramos su llegada, lo estábamos esperando! –interviene Casqui con una leve sonrisa, y continúa-: Ahora, en el paseo, gozaremos de sus siempre acertadas palabras.

– ¡Claro! – dice Conia, y añade-: Hoy nos espera, como os había prometido, el molino y serrería del tío Pablo. ¿Qué os parece?

– ¡Excelente, lo estábamos esperando! – contestan todos radiantes de gozo.

– ¡Hala, que se nos hace tarde! – apostilla feliz nuestro amigo Conia mientras acaricia la cola de Rucio con su cayata.

Emprenden el paseo hacia el Mayán con una animada charla, que nuestro amigo hace, como es habitual, muy atrayente. Se acercan a las proximidades del río y, mientras se adentran en el Camino Real, nuestro amigo interrumpe la charla y manifiesta: Me viene a la memoria una poesía que un día leí en un antiguo papel. ¿El Pensamiento Astorgano? – se pregunta inseguro. Hace una pausa y, con regocijo, nos la ofrece-:

EL DUERNA

Sus limpias aguas bajan del Teleno
entre peñascos, cantos y arandaneras,
entre urces, alisos y praderas,
susurrando un murmullo sereno.

Entre peñas, prados y alamedas,
alegre, jadeante, casi un niño,
salta y besa la hierba con cariño
el Duerna con sus manos de seda.

Deja ver en los pequeños remansos
las truchas, apreciadas como el oro
que los romanos, y nunca los moros,
sacaron de sus riberas sin descanso.

Quita la sed de las pequeñas huertas
maragatas y mueve los molinos
maquileros que encuentra en su camino,
muchos ya maltrechos, hasta sin puertas…

En la Valduerna con alegría
le reciben, mas él, ya agotado,
deja que las piedras, con cuidado
lo tapen y le hagan compañía.

Arranca de todos un sentido aplauso y él, muy satisfecho, exclama:

  • Sois muy amables, muchas gracias.

Se van acercando al destino entre huertos, chopos y frutales, dejan atrás el primer pedragal y toman el camino superior que los carros fueron diseñando entre los cantos desde muy antiguo; los linares a la izquierda, la otra vía y los prados, a la derecha.

¿Y estos montones tan grandes de cantos? – pregunta Chirri asombrado y con interés.

Mirad – contesta él con satisfacción-, nuestros abuelos nos han contado[1], y a ellos los suyos, que las gentes del pueblo fueron trasladando las piedras con cestos y carros a estos lugares y así se formaron las fincas de labor y estos montones. Hace un siglo los vecinos volvieron a hacer lo que sus antepasados: retirar las piedras y formar el último pedragal. El pueblo[2] acordó vender los terrenos comunales que se encontraban a continuación del molino y taller que vamos a visitar, el Mayán y Las Charcas, para recaudar fondos para construir la escuela. En ésta, sobre la puerta, podéis ver el letrero grabado con la fecha y los responsables de la construcción.

Leyenda de la construcción de la escuela

Leyenda de la escuela

¡Qué interesante! – replican varios con admiración.

Ya llegamos al lugar – manifiesta con alegría Conia, dejando escapar un suspiro de aprecio, y continúa-: Ahí tenéis el taller, el molino y las viviendas del señor Pablo. El antiguo molino lo heredó de sus padres en los comienzos del siglo veinte; pero él, muy emprendedor, pronto lo fue transformando y ampliando: modernizó y agrandó el molino, preparó el aserradero, el taller y las viviendas. A mediados del siglo esto era un hervidero de gente: unos traían su cosecha de cereal al molino, otros su madera a serrar o en busca de la carpintería encargada o a cobijarse si la lluvia les sorprendía en sus linares. En otra ocasión os hablaré de ello más ampliamente.

– Ayer os prometí explicaros el transporte y transformación de los roldos en piezas más sencillas y adecuadas para la carpintería – prosigue Conia, haciendo una pequeña pausa, para añadir – : Espero que os agrade el relato.

– Una vez cortados los árboles (chopos, robles, humeiros, negrillos, fresnos…) teníamos que trasladarlos a la sierra.

Empezábamos preparando el carro: sustituíamos sus varillas por las cadenas. A continuación, uñíamos las vacas (a veces bueyes), atábamos la pareja al carro con el sobeo y, pronunciando el habitual ¡arre! (¡arre Morena, arre Pulida!) acompañado del picado de la guiada, emprendíamos el acarreo.  Al llegar al lugar donde se encontraba la madera, situábamos el carro, colocábamos un par de picotas en uno de los laterales, a modo de plano inclinado, y, a su través, hacíamos rodar los roldos hasta que alcanzaban la plataforma de la carreta. Si eran gordos, cabrían unos dos o tres, si eran más delgados, varios. Una vez en el carro, los amarrábamos fuertemente con las sogas y, seguidamente, iniciábamos por aquellos caminos, en ocasiones destartalados, el traslado hacia aquí, donde los arrojábamos. A continuación, emprendíamos la marcha en busca de otros, hasta concluir. En este lugar, ciertas personas se ofrecían a descascar los roldos y se llevaban las estillas.

Aserradero y taller

Complejo. Sierra

Cuando el transporte finalizaba, acometíamos su despiece. La serrería, movida por la turbina de agua, disponía de una sierra de cinta grande y de un carro de hierro que se desplazaba al lado de ella sobre dos raíles. En el exterior, ahí enfrente, se colocaba en el carro de hierro el roldo bien amarrado, adelante y atrás, con unas uñas que se incrustaban en la madera y accionadas por las manivelas superiores. Una vez bien fijado el tronco, los operarios introducíamos el carro manualmente y, ya en el interior, el maquinista, mediante otra manivela, lo hacía avanzar lentamente hacia la cinta. Cuando conseguía situar adecuadamente el madero ante la hoja, tarea que realizaba mediante una tercera manivela situada en la parte posterior, iniciaba el aserrado. Las primeras piezas, incompletas o defectuosas, se apartaban para leña, eran los casqueiros. Seguidamente, se acometía el aserrado de las tablas, todas del mismo grosor, que se lograba con las mismas vueltas del manubrio. Las tablas podían ser delgadas, de chilla; más gruesas, de piso, o tablones. Un segundo jornalero, al caer la tabla, la retiraba hacia el exterior. Era frecuente que, para lograr las tablas regulares en sus bordes, y conseguidos los primeros casqueiros, en el carro se le girara media vuelta al tronco, se volviera a fijar, y se prosiguiera el aserrado hasta conseguir una nueva cara uniforme. Ahora, de nuevo rotábamos el tronco un cuarto de vuelta y, amarrado,  proseguíamos el corte logrando así un conjunto de tablas desfiladas e iguales. Cuando ya no era posible conseguir otra pieza, se desenganchaban los restos para el montón de leña y se trasladaba el carro al exterior para repetir la tarea con otro madero. Las picotas y cañones se serraban para conseguir piezas menores y más ligeras: carreras, cabos, gargantas y raberas de tiba, jambas, cargaderos

Carro de la sierra

Carro de sierra

Sierra grande del señor Pablo

Sierra grande

Posteriormente, en este pedragal y ante las casas, las tablas se encastillaban para su secado. A finales del verano se recogían para su almacenamiento  y posterior uso.

Tío Conia, ¿existían más aserraderos y talleres por esta contorna? –  le pregunta Chirri con curiosidad.

Sí, el de Alejo Alonso, en Filiel, un kilómetro más abajo,  y el de Saúl, en Luyego, éste movido eléctricamente.

Ya veis que el sol se aproxima a Becerril y nos quiere abandonar– dice Conia y agrega-: Vamos hacia las Charcas, un poco más abajo; veréis el último pedragal, del que más arriba os hablé, y los restos del molino del Manco, que yo conocí regentado por la señora Narcisa y sus dos hijas, y desde allí, por aquel camino de enfrente, que llamamos Carrillombo, regresaremos a casa contemplando desde lo alto toda la vega.

  • De acuerdo –responden todos entusiasmados y agradecidos por el paseo y las sabias explicaciones.

 

VOCABULARIO

 

Cabía: pasador de hierro terminado en una argolla que se introduce en los agujeros del cabo para sujetar la tiba u otro utensilio agrícola.

Cabo: palo o timón de un arado romano que termina con agujeros (cabiales) para fijarse a la trasga del yugo mediante la cabía.

Cadena: tablón fuerte ensamblado por sus extremos en los dos brazos verticales encajados en los verdugones del carro.

Caña: rama de los árboles.

Cañón: rama grande de la copa de los árboles.

Cargadero: dintel o pieza horizontal superior de puertas y ventanas apoyada en sus extremos sobre las jambas y destinada a soportar cargas.

Carrera: pieza de madera larga y estrecha que se asienta sobre las tijeras de los tejados y sobre la que se fijan las tablas.

Casca: corteza de los árboles.

Casqueiro: pieza de madera con casca en una de sus caras, que resulta de un roldo al serrarlo.

Cayata: cayado.

Chilla: tabla delgada (unos 2 cm de grueso) de poca calidad.

Descascar: quitar las cascas, las astillas.

Desfilar: perfilar, cortar los bordes de las tablas para conseguir el canto recto.

Encastillar: formar castillos con las tablas, colocadas estas, unas sobre otras y separadas, para que el aire pase entre ellas y pierda la humedad.

Estilla: astilla, cáscara o corteza de los árboles.

Farpa: señal, marca.

Garganta: pieza curva de un arado romano (tiba) que une el cabo y el dental.

Humeiro: aliso.

Pedragal: pedregal

Picota: parte superior, en punta, de un árbol.

Pina: cuña.

Pino: cilindro de madera par unir dos piezas ensambladas.

Rabera: pieza unida al dental del arado que termina en la empuñadura para dirigir la tiba.

Roldo: trozo de tronco de un árbol de unos dos metros y medio, sin labrar.

Tiba: arado romano.

Tijeras: conjunto de dos piezas de madera del tejado de las casas, ensambladas en el extremo superior y fijadas en el otro extremo a la viga.

Tronzador: sierra con un mango en cada uno de sus extremos, que sirve generalmente para partir  troncos entre dos personas.

Uñir: uncir, poner el yugo a las bestias de labranza y transporte.

Varilla: pieza alargada compuesta de varias tablas insertadas por sus extremos en sendos brazos que, alojados en los agujeros de los verdugones, cierran lateralmente la mesa del carro.

Verdugón: barra horizontal fijada en la mesa del carro mediante dos tornillos en los brazos de la pértiga y cuyos extremos poseen un agujero para recibir los brazos de las varillas.

[1] Raúl Blanco Alonso en su libro La Somoza de Astorga (tierra de maragatos), página 424, dice: “… que dicha piedra procedía de las excavaciones romanas en la zona y que ya hubo otras actuaciones anteriores, a lo largo de los tiempos, en la zona contigua llamada La Vega para dividirla y sortear los quiñones resultantes, limpiarlos de piedra y convertirlos en linares”.

[2] Raúl Blanco Alonso en el mismo libro transcribe las actas del 15 de mayo de 1911 y 25 de noviembre de 1917, en las que se acuerda la venta de terrenos vecinales para recaudar fondos con el fin de construir un edificio destinado a escuelas y nombrar siete diputados para que dividan en quiñones los parajes del Mayán y Las Charcas y los sorteen entre los vecinos de Chana, acordando asimismo dejar marcadas y reguladas las servidumbre correspondientes.

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2 respuestas para “AÑORANZAS DEL TÍO CONIA. ACARREO Y SIERRA DE LA MADERA (II)”

  1. PRIMITIVO SIMÓN dice:

    Una auténtica gozada, Martín, eso ha sido para mí leerte. Bueno, en realidad, más que leerte, revivir emocionadamente una parte muy importante de mi infancia es lo que acabo de conseguir. Muchas gracias.

  2. Martín Simón dice:

    Muchas gracias, Primitivo

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