LABORES ESTIVALES DEL AGRO MARAGATO (VI)

Escoba de codeso

Tarde tranquila, luminosa, de cielo diáfano y atmósfera sonora de un día de julio que muere lenta y lánguidamente. Los veraneantes regresan del paseo vespertino, se acercan y acomodan en el poyo de piedra de la plaza, donde continúan con la muy animada y amena charla.

¡Cuántas historias habrán escuchado estas piedras de mozos y mozas, de mujeres hilando o haciendo calcetín…!

Se aproxima uno de los hombres más maduros del pueblo, el tío Conia: alto y fornido, algo encorvado por los años, de ojos francos y vivarachos que conversan hasta cuando no hablan, animoso, alegre, de verbo abundante y fluido. Es una delicia participar en su conversación.

_ ¡Buenas tardes, tío Conia! Siéntese con nosotros y háblenos de las quehaceres de las gentes de su tiempo – le saluda con afecto uno del grupo.

_  Muy buenas nos dé Dios – responde él, mientras se acomoda en el banco.

_ ¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto había que trabajar…! – continúa el tío Conia.

La hierba la teníamos en casa, había años en que el día de san Pedro ya estaba en el pajar.

No había descanso – El abuelo hace una pequeña pausa y continúa con gozo el relato de sus recuerdos-. Comenzábamos julio con las facenderas. Al despuntar el día nos reunía el toque de campana, había que reparar y acondicionar caminos, presas y zayas que permitiesen el tránsito de carros, el riego de otoños y linares. Acudía una persona por familia, generalmente el hombre; la mujer se preocupaba de la casa, de los hijos y de tener la comida a punto.

Toda la familia, padres e hijos, se dirigía a los linares: había que cavar (mullir) las patatas y preparar los sucos para el riego: asucarlos. ¡Cómo dolían los riñones! – decíamos nosotros.

Era el tiempo, también, de plantar la remolacha para forraje de cerdos, terneros y corderos. Una vez dispuesta la parcela, nos acercábamos al semillero en busca de la planta o, si no disponíamos de él por haber nacido mal, al mercado del martes en Astorga. Al iniciarse la plantación, el cabeza de familia con su pareja y la tiba acometía la abertura de un suco (surco) y sobre él otro, momento en que los asistentes introducían  la raíz de las plantitas en la tierra recién movida y tierna y los niños, normalmente, completaban la tarea llenando con la regadera la pocita de agua. Seguidamente, con un nuevo suco el agricultor procedía a su tapado y así hasta completar la faena.  A los pocos días había que volver a regarlas para asegurar su arraigamiento y donde se hallase alguna ajada, reponerla. Una vez enraizadas y crecidas, se las cavaba para librarlas de las malas hierbas y días más tarde, más desarrolladas, se procedía al asucado (asurcado) quedando listas para el riego.

A finales del mes tocaba la plantación de los repollos, que por ser menos exigentes de agua, se solían hincar en las cortinas -tierras próximas o adyacentes a la casa del dueño- o  tierras de secano cercanas.

El buen hombre hace un breve descanso y, con cierta añoranza, transmite el deseo de recitar  una bella poesía del libro Bajo nuestro Sol que guarda como un tesoro, recuerdo de su madre de su estancia en Argentina.

Al caer la tarde

Tañidos lentos

del campanario

que llora cerca

del campo santo;

 

ladridos sueltos,

aullidos largos,

mugir de bueyes,

balar lejano;

 

álabes mustios,

contornos vagos,

y, entre las sombras,

 

las ramas secas

como falanges

sé inmensas manos.

– Preciosos versos – celebran todos.

– Abuelo, no nos ha hablado de la siega del pan – replica Casqui, otro del grupo.

– Cuando se acercaba la fiesta del Patrón –retoma el tío Conia el relato- iniciábamos la siega. Al alba, los hombres llenaban de hierba los pesebres del ganado y partían hacia la finca e iniciaban la siega. Mientras, sus esposas ayudadas por sus hijos mayores echaban la comida a cerdos y gallinas y, una vez completadas las labores domésticas, emprendían camino apoyándose en la caballería familiar, cuando existía, hacia la heredad con las viandas. Ya en la tierra, depositaba los enseres y alimentos a la sombra de algún árbol, cuando lo había, o bajo unos cuantos manojos apilados y al bebé en la cuna portátil -camita formada por una tela fuerte fijada en los extremos a un bastidor con las patas en cruz-. El marido y agregados acudían a almorzar y a continuación todos se incorporaban a la labor, no había descanso.

A media mañana había que tomar las diez – se decía-. Nos agrupábamos bajo una sombra, tomábamos un piscolabis: pan, algo de carne, cebolla, vino y … al tajo de nuevo.

Los segadores, asiendo la hoz con nuestra mano derecha, íbamos cortando el cereal asido por la izquierda hasta que el puñado se completaba, continuábamos con la chaviadura consiguiendo así la  máxima cantidad en la mano y una mayor rapidez.

– ¿Qué es la chaviadura? – le interrumpe la misma voz.

– Cuando el segador completaba el puñado, lo liaba fuertemente mediante varias de sus pajas y el conjunto así fijado lo adhería al pulgar valiéndose de ellas y proseguía la siega hasta completar una nueva falcada. Esto era la chaviadura – responde el tío Conia.

– El campesino iba depositando sobre el rastrojo la manada formando  montones pequeños o gavillas hasta dar fin a la finca. Al concluir la tierra los trabajadores iban tomando las gavillas de tres en tres y formaban el manojo que, habitualmente, los hombres e hijos mayores ataban con la garañuela, si era centeno, y con el vilorto, si era trigo o cebada lo cortado.

-¿Nos puede explicar lo que son la garañuela y el vilorto? – le vuelve a interrumpir Casqui.

– La garañuela – comenta el tío Conia- era una especie de lía empleada para atar los manojos de centeno, que se creaba con un haz de

Vilorto

Vilorto

pajas extraídas de uno de ellos e igualadas por la base de las espigas con la ayuda de los dedos pulgar e índice semicerrados. Si la mies era trigo o cebada se empleaba, por ser de menor talle, el vilorto (también utilizado en el atado de las mañizas). Con anterioridad se había puesto a remojo un cuelmo (hatillo de centeno majado usado también para reparar las soberas) del que se iban tomando dos puñados de pajas, se cruzaban por la zona de las espigas y unían mediante un nudo para terminar retorciendo los haces con la ayuda de ambos brazos. Se preparaban los vilortos el día anterior y se conservaban humedecidos hasta el momento de su uso.

El atador emprendía la labor introduciendo la garañuela bajo el manojo, próxima a la zona del corte, con la mano derecha, y, asiendo aquella fuertemente tras las espigas con su izquierda y aproximándole el otro extremo, le daba un golpe seco con su rodilla derecha al mazo, abrazaba la cabeza de la garañuela y concluía  con la introducción del resto bajo esta. Si era trigo o cebada se realizaba una faena semejante con el vilorto. Al final se agrupaban los manojos en un lugar de la finca, bien en filas para completar el secado, bien construyendo la morena.

Escoba de codeso

Escoba de codeso

Al dar por finalizada la siega de la mies y una vez bien limpia la era con escobas de codeso, iniciábamos el acarreo. Dos personas (generalmente el matrimonio)  llegaban a la finca con su carro y procedían a su carga. La esposa en él iba colocando los manojos que le iba proporcionando el marido, primero con la mano y posteriormente, a mayor altura, mediante la forcada (horca de dos pinchos metálicos). Cuidaba aquella que los haces quedasen bien colocados, adelante y atrás con las espigas hacia el interior. Una vez el carro completo, había que atar bien el conjunto: el del suelo lanzaba la soga al de arriba, éste iba dejando caer la lazada (lazo del extremo) que era alojada en el saliente inferior del brazo de la varilla delantera. Luego el de la cumbre hacía resbalar la luria hacia el otro costado para que el compañero la volviera a rodear sobre el saliente delantero, bajo los berdugones haciendo lo mismo con los de atrás. Los dos ya en el suelo, procedían a rematar la inmovilización desde la parte delantera: uno tiraba fuertemente de la lía mientras la esposa tras él la retenía, se trasladaba el primero al lado opuesto para tensarla con la ayuda de la compañera y finalizán con la repetición de la misma labor en los brazos traseros, hasta que conseguían que carro y carga fuesen una sola unidad.

Había que emprender el viaje a la era y a veces los caminos, que aunque habían sido reparados previamente, podían jugar una mala pasada: el carro se podía volcar. Para evitarlo, al llegar a un tramo del camino desnivelado, el acompañante desde el flanco más alto de la vía agarraba la soga y compensaba con su fuerza el posible volqueo. Ha llegado el carro a la era, la mujer o algún hijo subía a él e iba arrojando los manojos, el cabeza de familia los colocaba en círculo, muy apretados, con las espigas hacia el centro, construyendo carro a carro la meda (montón troncocónico) rematada al final del acarreo con una boina de manojos con las espigas hacia el exterior para evitar que penetrara en agua en una posible tormenta. El trigo, como la cantidad cosechada solía ser menor, se colocaba en morenas (montones de mieses apiladas rectangularmente en el rastrojo o en la era y rematadas a modo de tejado con las espigas hacia fuera).

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