Santo Toribio de Astorga

Santo Toribio de Astorga, fue un obispo de la diocesis de Astorga durante el siglo V, posiblemente nació hacia el año de 402 en Galicia y murió en el 476 en Astorga, por lo que tuvo una longeva existencia para la época, ya que la esperanza de vida posiblemente fuera de unos 50 años.

En sus comienzos en Galicia repartió entre los pobres sus posesiones y perigrinó hacia Tierra Santa, ya en Jerusalén se ganó el aprecio del Patriarca Juvenal siendo nombrado sacristán mayor de la iglesia del Santo Sepulcro.

A su regreso a la Península Ibérica, paso por Roma, en donde conoce al papa León I Magno, el cual le nombro archidiácono de Tuy donde fue posteriormente nombrado sacerdote.

LABORES ESTIVALES DEL AGRO MARAGATO (VI)

Escoba de codeso

Tarde tranquila, luminosa, de cielo diáfano y atmósfera sonora de un día de julio que muere lenta y lánguidamente. Los veraneantes regresan del paseo vespertino, se acercan y acomodan en el poyo de piedra de la plaza, donde continúan con la muy animada y amena charla.

¡Cuántas historias habrán escuchado estas piedras de mozos y mozas, de mujeres hilando o haciendo calcetín…!

Se aproxima uno de los hombres más maduros del pueblo, el tío Conia: alto y fornido, algo encorvado por los años, de ojos francos y vivarachos que conversan hasta cuando no hablan, animoso, alegre, de verbo abundante y fluido. Es una delicia participar en su conversación.

LA SIEGA DE LA HIERBA (V)

Maragatos segando la hierba

La hierba constituía el alimento básico del ganado vacuno, equino y ovino.  Para que hubiera una abundante cosecha era necesario el riego de los prados, praos, y por lo tanto había que disponer de un sistema cuidado de presas y zayas (canales) que suministrasen y condujesen el agua. Cada pago disponía de su trancada y su canal y había que tenerlos en buen estado para que el agua fluyese sin obstáculos. Los propietarios del bago, en hacendera, a la llegada de la primavera, acondicionaban la presa o la rehacían si las enllenas (crecidas) del invierno las  habían derruido y  repasaban la zaya eliminando cañas, zarzas, arena o piedras que las crecidas invernales habían depositado. El prado bien cuidado, con un buen sistema de regueros que distribuyese el agua y limpio de hojas,   proporcionaba abundante y buena hierba a su dueño. Éste, sabedor de la importancia del agua, mimaba el riego durante la primavera, acudía al prao hasta por la noche o eran sus hijos quienes cumplían el encargo al salir de la escuela.

La Cocina (IV)

Pote Maragato

La estancia, generalmente amplia, oscura, con una ventana, mostraba las paredes, las vigas y las tablas del tejado, negras por ahumadas. A mediados del siglo veinte aparecen con techo de tabla, más claras y acogedoras.

En una pared, adosada a ella, sobresalía la chimenea con amplia campana, bajo ella se abría la boca del horno que ocupaba el cuarto de atrás o sobresalía en la calle. Más abajo estaba el llar, donde se hacía el fuego y se cocinaba. Del centro de la campana colgaban las abregancias (remayeras) para colgar el pote, la caldera o cualquier recipiente destinado a cocer los alimentos de la familia o de los cerdos. Bajo la puerta del horno, el hueco para la ceniza.

La casa maragata (III)

El Yugo Maragato

La casa en la Maragatería del Duerna  estaba formada por una parte delantera, de una planta generalmente,  en la que se abrían unas puertas carretales que daban acceso al portal y desde aquí al corral desde el que se pasaba a la vivienda de dos plantas, a las cuadras y al pajar. En el portal, a un lado se alojaban el carro, los arreos de labranza y aparejos de la pareja de vacas y al otro era el lugar de paso de los moradores de la casa. Al corral daba la puerta de la cuadra donde se alojaban vacas, caballo, cerdos y gallinas. Allí, en un rincón, unas tablas separaban la pocilga para los gochos, en otro una tabla a modo de rampa conducía a un repisa adosada a la pared, el gallinero, donde las gallinas se refugiaban al llegar la noche; en la misma pared había unos nichos, los niales (nidales), donde se alojaban las gallinas para poner sus huevos o incubar los pollos; en otro muro se hallaban los pesebres provistos de unas cadenas con las que se amarraban las vacas por sus cuellos y, algo apartado, el pesebre del caballo. Cuando había que ir al trabajo las reses salían al corral, se les ponía las mullidas sobre la cabeza, se colocaba el yugo sobre ellas y con las cintas de cuero incorporadas en él (cornales) se fijaba fuertemente  la cabeza de cada animal aprovechando los muñones que tenía previstos el yugo para tal fin, es decir se uñía (uncía) la pareja. Una vez uñida se incorporaba al carro y, levantada la pértiga hasta que tocaba el yugo, con el sobeo la pértiga y el yugo se ataban fuertemente aprovechando los zonas que al efecto ambos tenían.

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