RACIAS DE MANUEL GIRÓN EN LA MARAGATERÍA

Este trabajo fue publicado en el segundo semestre de 2013 en la revista cultural de Astorga “Argutorio“. He agregado a lo publicado tres fotos, la de los agujeros de las balas, en Pobladura de la sierra, la del cabo de Sta. Colomba de Somoza y la de la huella, que aún perdura hoy, en Luyego. 

Argutorio 2013

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Introducción

He sentido siempre curiosidad por conocer todo lo posible sobre la guerrilla leonesa, especialmente sobre Manuel Girón Bazán. He leído varios libros que sobre él se han escrito últimamente, pero en ninguno se habla de sus andanzas por la Maragatería, sólo se menciona el asesinato del cabo de Santa Colomba de Somoza en Memorias del sargento Ferreras y la estancia en Maragatos por parte de Francisco Martínez López[1].

Los pueblos que padecían los sufrimientos y amenazas gratuitos motivados por los huidos no se lo habían buscado, como dice el sargento Ferreras en sus memorias.

Con estos testimonios que he podido recoger de las personas que sufrieron directa o indirectamente sus acciones, deseo contribuir a un mejor y justo conocimiento de unos hombres, muchas veces encumbrados, que, si desgraciadamente tuvieron que huir al monte, luego actuaron, en no pocas ocasiones, como auténticos bandoleros. Al atardecer, en los pueblos de la Maragatería alta, las gentes se apresuraban a cerrar las puertas de sus casas por si se producía una visita de los rojos, como se les llamaba.

Sus métodos eran la amenaza, el maltrato físico y moral e incluso la misma muerte para quienes se resistían a entregarles lo que demandaban. Estaban bien informados y organizados y no dejaban de tomar precauciones: en los lugares estratégicos  de los pueblos colocaban a centinelas para impedir posibles huidas o avisos.

El pertenecer a una u otra ideología no puede ser ejemplo de personas buenas y honradas, amantes de sus semejantes o de luchadores por la libertad. La bondad y la libertad auténticas son las que se viven con todos y en todas las situaciones: los hechos que relato desmienten estas virtudes en estos hombres.

Que nunca más vuelvan a producirse sucesos análogos y que todos podamos convivir sin que nuestra forma de pensar sea un arma arrojadiza para eliminarnos o excusa para infligir sufrimientos a nuestros semejantes.

A pesar de la frase repetida por compañeros supervivientes del Girón, entrevistados en los libros que se han escrito: Girón era el mejor amigo para el amigo. Un cordero para el amigo y un león para el enemigo[2]; ¿por qué se comportó como un león con las sencillas gentes del pueblo, apolíticas la mayoría, como fueron las que vivieron estas narraciones?

A la memoria de mi abuelo Pablo, de mis padres y tíos, y de todos los que me han confiado estas historias, que tuvieron que soportar la violencia física y moral arbitraria de estos guerrilleros.


Asesinato del cura de Pobladura de la Sierra[3]

 

Acababa de iniciarse el mes de mayo de 1937. Al atardecer del día cuatro se celebraba en la iglesia del lugar el mes de las flores. Al concluir los actos, ya de noche, el sacerdote, don Marcos Otero Álvarez, regresaba a su casa acompañado del sacristán, Santos Viñambres. Cuando llegó a la puerta de su vivienda, Manuel Girón y cuatro más de  su pandilla le echaron el alto y le pidieron dinero. El cura, creyendo encontrar más protección, se dirigió a la residencia de su vecino, Toribio Arce, e intentó entrar, pero la puerta estaba cerrada. Los habitantes, sabedores de quienes estaban visitando el pueblo y de lo que podía ocurrir, habían tomado precauciones. Allí mismo, sin mediar más palabras, le dispararon varios tiros.

 

Agujeros de las balas en el larguero de la puerta

Seguidamente, mientras emprendían la huida, un señor les arrojó varias piedras, a lo que replicaron ellos con disparos. Cuando alcanzaron la casa de Segundo Arce[4], éste se interesó, desconociendo lo ocurrido, por el motivo de sus prisas, pero no encontró respuesta.

A pesar de su presurosa fuga, aún hicieron tiempo para detenerse ante la cuadra de Julián Panizo, amigo de José Losada, tomar la llave del buraco[5] y, tras abrir la puerta, llevarse una cabrita. Desde aquí tomaron el camino del Morredero y en el paraje de La Vera de las Tornas cenaron su presa.

La sirvienta del sacerdote, doña Josefa, había entrado en el hogar con antelación sin percatarse de la presencia de los forasteros. Como se demoraba la llegada del cura, la criada salió en su busca encaminándose hacia la puerta del vecino, creyendo que se encontraría allí, y, al disponerse para llamar, se tropezó con el cuerpo de don Marcos, ya fallecido.

Comunicados los hechos al presidente de la Junta Vecinal, éste procedió a dar parte del suceso a la Guardia Civil de Molinaferrera. Al día siguiente el juez de paz, el arcipreste de Santa Colomba de Somoza y el cura de Molinaferrera, don Benjamín Otero, reconocieron el cadáver y procedieron a su levantamiento.

En su entierro, don Benjamín[6] dejó para el recuerdo la frase:

– “Por mezquino te mataron”

Encuentro en el monte del Casar

En el verano del año 1937 ó 1938 Salvador Panizo, de Pobladura de la Sierra, pastoreaba la cabrada en el monte del Casar de Saceda. De pronto, ve que se le acercan unos hombres vestidos de falangistas y oye que le gritan que se detenga, que desean conversar un rato. Durante la charla trataron de sacarle información manifestándole que las gentes de Pobladura eran colaboradores de los rojos. Él lo negó con rotundidad, llegando a decir que él mismo era falangista de segunda línea, con escopeta en casa. En ese momento vinieron a la mente de Salvador ciertas sospechas sobre su verdadera identidad, por lo que les agregó que si él tuviera familiares con los rojos, trataría de darles protección.

-¡Esas palabras están bien dichas! – afirmaron ellos.

Al emprender la marcha hacia La Cabrera, los huidos le pidieron un chivo. Él accedió a su requerimiento indicándoles que tomaran el que más les gustase. Convencido ya de que era el Girón y su pandilla, se fijó en que aquel llevaba una estrella de ocho puntas. José Losada comentó posteriormente en una visita a Pobladura con los amigos del pueblo:

– ¡Cómo ese pastor contó todo aquello…! Podía haber sido motivo para acabar con él.

Robo y asesinato en Filiel[7]

Era el mediodía del 11 de agosto de 1939. El Girón y sus colaboradores, procedentes de la Cabrera, se toparon en Peñavellosa (valle de la vertiente norte del Teleno) con un rebaño de ovejas pastoreado por un chaval, José Busnadiego Alonso, de Molinaferrera. Aprovecharon el encuentro para arrebatarle un carnero, el mejor que les pareció. El pastorcillo, al observar el suceso, les increpó y se resistió a que se lo llevaran, pero uno de ellos respondió a los gritos del zagal propinándole con el fusil un culatazo que lo dejó malherido, con un brazo roto. El chico emprendió el camino de casa, distante unos seis kilómetros. Su padre, Pedro Busnadiego, al verlo en aquel estado y después de conocer el motivo, preparó el caballo y se lo llevó a Filiel a que el médico lo curara.

Tras el altercado y una vez preparada y degustada  la presa, los hombres del Girón prosiguieron la marcha hacia su aciago destino. Al oscurecer, catorce hombres disfrazados de guardias civiles se adentraban en Filiel por el camino de Molinaferrera. La banda se dividió en dos grupos.

La mitad se dirigió a la cantina y tienda de Maximiliano Sampedro Morán. Dentro de ella, se enfrentaron al dueño solicitándole alimentos y una cantidad de dinero. Como no tenía la suma que le requerían, le invitaron a que la buscara entre los demás vecinos. Así, llamó a la puerta de Evelia Arce Parrado, quien, después de conocer lo que estaba ocurriendo, atendió a la súplica entregándole siete duros, su sueldo de la semana en la siega. Seguidamente acudió a casa del maestro, don Francisco Álvarez, que también le proporcionó algunos fondos. Mientras regresaba con lo recaudado, uno de la banda -posiblemente le conocía- le animó a que huyera, que su vida corría

 

peligro. Después de estas palabras, emprendió velozmente la fuga hacia el monte, mientras aquel disparaba tratando de simular ante sus camaradas que intentaba abatirlo.

El cura del pueblo, don Miguel, al conocer la presencia de los rojos en la aldea y temeroso de que fuesen a su casa a buscarlo, se vistió de paisano, se tiñó de carbonero, salió a la calle y se agregó ante la casa de Maximiliano a un grupo de vecinos, entre los que se hallaba Antonio Venéitez[8].

Los malhechores dan por concluida la visita. Al abandonar la cantina advierten la presencia de estos hombres y, sin prestarles atención, emprenden la marcha hacia la casa de Aurora Alonso[9], donde entran después de forzar la puerta a culatazos. Buscan el dinero y lo encuentran en la mesa del comedor: nueve mil pesetas y varias monedas de plata. Concluido ya su trabajo, deciden reunirse con los camaradas llevándose consigo el macho que habían cogido y cargado de alimentos en la casa de Maximiliano.

En esto se oyen unos disparos. Don César acaba de ser asesinado.

Mientras sucedía lo anterior, el otro grupo guiado por el Girón, se había encaminado al domicilio del médico, don César Álvarez García. Llamaron a su puerta y, cuando ésta se abrió, penetraron en la vivienda reteniendo al doctor y su familia.

Pronto vuelve a sonar en la puerta delantera una nueva llamada: era Pedro Busnadiego, que traía a su hijo malherido ante el doctor. Estaba oscuro. Se abrió el portón y una voz preguntó:

– ¿Qué quiere usted?

– Traigo a mi hijo para que lo cure, los rojos le han roto un brazo esta tarde.

El Girón les indicó que pasasen. Alguno de los malhechores quiso pegarle al chico por acudir al médico y haberse opuesto al rapto del carnero, pero la esposa del doctor les suplicó que no le hiciesen daño, que era un chaval[10]. Manuel ordenó al médico que lo atendiera, y bien, pues sería su última cura. Así lo hizo. Mientras esto sucedía, su hija Angelines aprovechó para huir por una ventana y dirigirse sin dilación al hogar amigo de Aurora Alonso, donde contó lo que estaba ocurriendo y que a su padre lo mataban esa noche. Ante los sucesos relatados, la familia optó por huir al monte, librándose así de un seguro “accidente”.

Puente donde mataron a don César

Pasada la media noche, después de haber inspeccionado la morada, de haber tomado lo que de valor iban encontrando –la chaqueta de cuero, un pantalón de montar con polainas, joyas y la matanza-  y de haber sometido al médico y a los suyos a duros sufrimientos, instaron a don César a que les acompañara. A la salida del pueblo, camino de Molinaferrera, en el puentecillo de la reguera, acabaron con su vida de unos disparos.

Entre los integrantes del grupo, además de los hermanos Girón, se encontraba José Losada[11].

Actuación en Luyego y Quintanilla de Somoza[12]

Al atardecer del 14 de octubre de 1941, martes de los Remedios, llegaron el Girón y sus camaradas a Luyego[13].

Tomaron el pueblo irrumpiendo en bares y casas de negocios. Aquellos con quienes se topaban eran exhortados a que les acompañasen a la taberna del señor Magín, donde les obligaban a entregarles el dinero que llevaran y los relojes. Asaltaron aquella noche a las gentes más pudientes o con negocios, que presumiblemente tendrían aún lo recaudado durante la romería: a Agustín, el juez de paz, a Eusebio, el secretario, a Nicanor, el tendero… Posteriormente, camino de la ermita, “visitaron” la casa del confitero Claudio Morán[14], sustrayéndole dinero, chocolate, dulces y otras mercancías. Continuaron con su trabajo al llegar a la cruz que está ante la ermita, en la casa de Jacinto Alija, el panadero.

 

En la vivienda se encontraban su esposa y sus dos hijas – la mayor de 8 años. Le exigieron todo el dinero recaudado en la romería y el obtenido de la venta de las caballerías en la feria de Cacabelos – habían visto regresar de ella a su marido días antes. La mujer, llena de temor y sin mentir, les manifestó que no sabía donde lo guardaba su esposo. Pero los asaltantes, sin atender a sus explicaciones y súplicas, la golpean sin piedad con el fin de obtener sus propósitos. La niña mayor cayó al suelo de un tortazo, se levantó y  cogió a su hermana pequeña de la mano y, muertas de miedo, huyen y logran esconderse entre unas maderas cercanas a la vivienda. En esto, llegó Jacinto a casa y, al contemplar lo que estaba ocurriendo, se enfrentó a dos de ellos arrojándolos al suelo de un puñetazo[15]. Percatándose de que eran muchos los asaltantes, aprovechó la noche para emprender la huida a la carrera, tomando la calle de la izquierda. Algunos de los huidos le siguieron y le dispararon en la oscuridad -los impactos se estrellaron en la casa del señor Nicanor. Cuando el panadero alcanzó las huertas de las afueras, decidió continuar la fuga y ponerse en camino de Astorga para dar parte de los acontecimientos a la guardia civil[16].

 

Huella del balazo

La banda, tras la fuga de Jacinto, decide abandonar Luyego camino de Quintanilla de Somoza, llevándose con ellos a Prudencio de la Fuente y a Ignacio Prieto[17] y dos caballerías, una de Jacinto, cargadas con las mercancías robadas[18].

En Quintanilla Domingo, el Chirri, que a la sazón se hallaba en casa de su primo Benjamín, acompañaba a su tía a la fuente de la Poza en busca de agua. Al salir de la vivienda divisaron en la noche un grupo de hombres -sobre una veintena- que se acercaban al pueblo y a quienes Domingo, confundiéndolos con mozos que regresaban de la fiesta, les obsequió con burlas y bromas.

Pero no tardaron en darse cuenta de quienes eran los desconocidos, y más cuando  se vieron obligados a acompañarles ante las distintas familias que iban a visitar.

Mientras, Benjamín Cordero[19], que se había quedado en casa, empezó a sentir un griterío en la calle. Pensó que se trataba de Antonio Mallo, el Marro, que discutía con los mozos de Luyego.

En el barrio de Abajo, iniciaron las visitas en la vivienda de Valentín Alonso, que había hecho las américas en Buenos Aires. Llamaron a su puerta y, cuando apareció, le exigieron su dinero. Valentín, al percatarse de quienes tenía enfrente, se lo entregó. Pero ellos, sabedores de que disponía de mayor cantidad, le convencen a base de golpes a realizar una segunda entrega y, aún no satisfechos, continuaron con las caricias hasta arrancarle un tercer desembolso.

 

Casa de Andrés

Prosiguieron sus andanzas en el barrio de Arriba. Andrés Martínez, hombre de bien, apolítico, de buena posición, excelente cazador y amigo del señor Luis de Luyego[20], fue el próximo afortunado.

Ante su casa, uno de los atracadores pone la pistola en la cabeza de Prudencio con la amenaza de matarle si se movía, mientras otro de la banda, apoyando en el hombro de aquel el fusil, le incitó a que dijese:

– ¡Señor Andrés…! Salga, que soy Prudencio.

Andrés, confiando en la voz amiga, abrió la puerta. Y, sin mediar palabra, recibió varios tiros que le malhirieron en un brazo. De inmediato retrocedió y se introdujo en su vivienda. Como sabían que era muy buen cazador no se atrevieron a penetrar.

Benjamín Cordero, que había llegado ante la casa de Andresito atraído por la algazara, se encontró con el tumulto dándose de bruces con la banda. En esto, se le acercaron dos hombres, que asiéndole por el brazo le preguntaron:

– ¿Adónde va usted, en defensa de la casa?

– No señor – contestó Benjamín.

– Llevadlo hacia la pared, mirad si tiene armas y si las posee “partidlo al medio” – les gritó el Girón, acercándose.

Le ordenaron que se despojara de la ropa y que levantara los brazos, mientras uno de los malhechores le enfocaba con una potente linterna. Como no le encontraron nada, el propio Girón lo agarró por el brazo y lo condujo ante la puerta de Andresito diciéndole:

– Pase al interior de la casa, búsquelo y dígale que salga.

Benjamín, al entrar, vio en la pared manchas de sangre; subió la escalera y en el pasillo se encontró con un charco de sangre. Conocedor de la vivienda, pasó al corredor, desde donde percibió una voz que susurró:

– ¡Ay, ya están ahí!

Benjamín se arrojó al corral, saltó la tapia que lo separaba de la casa contigua, la de Antonio Mallo, el Marro, y, ya en el patio de ésta, no dudó en iniciar la fuga por la huerta que había tras la casa. Mientras se dirigía hacia la salida notó la presencia de la familia de Antonio en una de las habitaciones, pero él no articuló palabra ante ellos al pasar. Al alcanzar la huerta se encontró con dos hombres, uno de Lucillo, que dijo al compañero de la banda:

– No le dispares, que es amigo mío. Se llama Benjamín.

 

Sin prestarles atención emprendió la huida por los prados. Confuso, pensó en regresar a casa, pero finalmente se decidió por esconderse en el Monterón, camino de Villalibre, y allí, en una tierra de patatas, esperó hasta la llegada del alba. Al amanecer regresó a casa y al encontrarse con su madre le contó sus andanzas aquella noche. Ella, aún con el susto, le comentó que mientras se hallaban ante la casa de Andresito oyó decir -desconociendo a quien se referían:

– Aquí mandamos entrar a un hombre y no ha salido. Si lo agarramos, lo matamos.

Girón y su pandilla no se atrevieron con Andresito[21]. Dejaron libres a Prudencio e Ignacio y cambiaron de destino: la casa de los Venéitez.

Casa de los Beneitez

Ahora dejo a Áurea Venéitez[22], que con sus palabras nos reviva los acontecimientos de aquella noche:

Aún recuerdo, siendo muy niña, la noche que fui despertada por los gritos y lamentos de mi madre, pidiendo por compasión que no la mataran, que era madre de cinco hijos. Unos hombres, con bastones de goma, estaban pegando a mi madre, dejándole el cuerpo lleno de cardenales y amenazándola con llevarle a su hija mayor, que por suerte estaba ausente.

Después de haber cogido todo el dinero y las pocas joyas de valor que había en la casa buscaron sin suerte la escopeta de mi padre, la había llevado consigo a la central eléctrica junto al Duerna, donde, por riguroso turno, pernoctaba.

Nunca he podido olvidar aquella horrible noche, aquel hombre con blanca gabardina y empuñando una pistola, sentado a los pies de la cama donde yo dormía con mi hermana menor, mirándonos fijamente, sin decir palabra.

 

Mi hermano, en la habitación contigua, estaba llorando. Otro hombre a su lado le preguntaba:

  • ¿Por qué lloras, chaval?
  • Están pegando a mi madre…
  • ¡Calla…!, que te hacemos lo mismo a ti – contestó enseñándole la pistola.

Casa de Manolito

Completa Áurea[23] la narración del Faro y la hace más exhaustiva:

En el transcurso del atraco abrieron un aparador, vieron las pocas joyas existentes y unas cintas de maragata adornadas con lentejuelas y flecos dorados que, confundiéndolas con ropas de iglesia, las arrojaron contra la pared, mientras que las alhajas las recogieron y se las llevaron.

Seguidamente uno de ellos le preguntó a mi madre:

– ¿Y tu hija mayor?

– No se encuentra en el hogar, se fue con una familia amiga a Villamandos de la Vega –contestó ella.

– ¡Qué pena!, pensábamos llevárnosla con nosotros.

Cuando dieron por concluida la estancia en nuestro hogar –continúa Áurea– persuadieron a mi madre para que los acompañara a la casa de nuestro vecino, Manuel Fernández, Manolito, con el encargo de que llamase a su puerta y así, sin infundir sospechas, abriese.

Mi madre, asustada y temblorosa, movió el picaporte y dijo:

  • ¡Manuel…! Abre, soy Vicenta.

Manuel acudió a la llamada e hizo girar la puerta sin temor alguno. Le enfocaron con la linterna y, apuntándole con la pistola, le instaron a que les entregara cuanto dinero poseyese en casa. Accedió a su solicitud, pero la entrega no fue de su agrado y le exigieron más. Para conseguir sus fines, no dudaron un momento en usar la violencia. Mientras tanto, en el corral, ante el pozo, uno de ellos sin inmutarse le dijo a la hija mayor:

¡Aurorita! ¿Me conoces? ¿Qué tal la máquina de coser, cose bien?

Seguidamente se dirigieron a casa de Adolfa, llevándose con ellos a Manolito, que a la puerta de la vecina había de decir:

  • ¡Adolfa! Abre, que soy Manolito.

Ella, que ignoraba los sucesos, atendió solícitamente su petición. Los amables visitantes traspasaron la puerta y ante ella, su hermana Joaquina y el hijo de ésta, Isaac Abad, les exigieron su dinero. Como en principio se resistieron a complacerles, no vacilaron en propinarles a los tres una buena paliza, tras la que ya no pudieron eludir su entrega.

También acudieron aquella noche a la vivienda de Federico, cuñado de Andresito, con las mismas pretensiones, pero él, sabedor de quienes eran los visitantes y de sus métodos, les entregó lo solicitado.

Al concluir la estancia en casa de Adolfa, ya en la calle, uno de ellos hizo sonar el silbato. Al momento se congregaron todos y abandonaron la localidad camino del río. Pasado un tiempo se supo que habían continuado viaje a Filiel, donde dejaron libre uno de los machos que habían arrebatado en Luyego.

Atraco en Foncebadón[24]

 

Al principio de los años cuarenta, el Girón y tres más fueron vistos por el camino que viene de Pobladura de la Sierra, tras el pueblo de Prada, en dirección  a Foncebadón. Según se supo después, iban en busca del caminero, que era de derechas. Este, cuanto recibió el aviso de quienes estaban en el pueblo y de cuales eran sus pretensiones, huyó al monte. Al no encontrarlo, aprovecharon bien el viaje asaltando varias casas y obteniendo un buen botín: jamones, chorizos…

Asalto en el alto del Palo (Teleno)

 

Varios vecinos de Chana de Somoza, entre los que se encontraban Cándido Arce[25] y su primo Esteban Martínez, al atardecer de un día de verano del año 1943 se dirigían a Corporales a la compra de ganado. Al llegar al alto del Palo se toparon con el Girón y su banda -unos cinco-, exigiéndoles estos los fondos que portaban. A pesar de sus quejas y súplicas no tuvieron más remedio que acceder a su petición. Cándido les hizo entrega de sus mil pesetas, que había pedido prestadas para la compra de una vaca. Los huidos los retuvieron hasta la madrugada invitándoles a cenar con ellos.

Asalto en el Redondal[26]

 

A mediados de los años cuarenta, Juan Antonio Morán y su yerno Blas Morán, ambos de Prada de la Sierra, regresaban a casa por el camino del Redondal procedentes de San Pedro Castañero. El Girón y tres más les salen al paso exigiéndoles cuanto de valor llevaran: el dinero, los tapabocas -recién comprados- y los relojes. Como Juan Antonio les suplicó por su reloj, que era un regalo de su padre, se lo devolvieron.

 

Asesinato del cabo primero de Santa Colomba

 

En la tarde del 3 de abril de 1945 llegaron noticias al cuartel de Santa Colomba de Somoza de la presencia de los rojos por los alrededores. Los huidos, procedentes de Viforcos y Argañoso[27], se dirigían hacia el Bierzo. Deseoso del ascenso, el cabo primero, Manuel Fuentes López[28], parte con tres guardias en persecución de la banda, que por cada población que pasaba iba dejando una indicación de su presencia como señuelo: un recado de su itinerario o simples colillas.

Cabo de la guardia civil de Sta. colomba

Cuando alcanzaron los guardias Foncebadón, se adentraron en la aldea preguntando a las gentes por la presencia del Girón.

  • Acaban de pasar hacia Manjarín – les contestaban.

 

El cabo, en cabeza, animaba a sus subordinados con estas palabras:

 

  • ¡Ánimo, vamos por ellos, que ya son nuestros!
  • Comandante, retirémonos que nos van a tender una emboscada…
  • ¡Adelante! – insistía, ofuscado por apresarlos y por los galones que podía ganar.
  • Desistamos de su persecución, que ya no estamos en nuestra jurisdicción –rogaron los números cuando habían dejado atrás Manjarín.

 

A eso de las 20 horas los guardias se hallaban muy cerca del paraje conocido como “Cabeza del Acebo”. Mientras, los huidos parapetados tras unas peñas, los estaban observando. Cuando ya se encontraban a tiro, el Girón apuntó y disparó al cabo, que cayó muerto en el acto. Los números[29], presos del pánico, huyeron por el monte dejando abandonados a su superior[30] y sus armas.

Acompañaban al Girón[31] los conocidos por el sobrenombre de El Campesino y El Andaluz o Miliciano, ya que la cartera de servicio del cabo y su documentación aparecieron entre los objetos encontrados al ser capturados éstos dos últimos en Columbrianos[32].

Atraco en Manjarín[33]

 

Corría el 5 de agosto de 1945. Al anochecer, el Girón y tres compañeros llegaron al pueblo de Manjarín. Se dirigieron a casa de Toribio, Presidente de la Junta Vecinal, y, dentro de ella, le reclamaron cuanto dinero tuviera. Mientras examinaban un arca, dieron con una petaca y comentaron: ¡qué bien, ya podemos fumar!

Cuando la abrieron, se encontraron con una insospechada y grata sorpresa: albergaba los fondos del pueblo.

Al regresar a la calle, ordenaron que se pasara aviso a todos los vecinos  y se congregasen allí. Mientras pegaban a Felipe Rodríguez, el joven Antonio Martínez, escondido tras la torre de la iglesia, apuntó con su escopeta y les disparó pero sin resultado alguno. Los huídos respondieron y una bala rebotada hirió al joven en una rodilla. El mozo, malherido, se tiró al suelo en un patatal cercano y pasó allí desapercibido mientras la banda lo buscaba sin cesar. Al día siguiente Antonio
fue atendido en el sanatorio de San José de Astorga[34] y, para salvar su vida, posteriormente emigró a Madrid, donde ejerció de carnicero hasta su retiro.

Atraco en Piedrafita[35]

Con motivo de las fiestas de la Encina del año 1946 varias personas de Pobladura se dirigían a Ponferrada. Coronado el puerto de Piedrafita y habiéndose adentrado en el paraje de Valdeladrones, camino de Bouzas, se toparon con la partida del Girón.

Les exigieron que se detuvieran y que les entregaran lo que tuvieran de valor. Daniel Viñambres, que estaba acompañado de su esposa, no tuvo más remedio que cederles el traje que llevaba puesto, recibiendo él como recompensa el mono de uno de ellos, hecho un harapo. Nemesio recibió golpes con la culata de la escopeta para que cumpliera su petición.

Basilio Santiago Panizo[36], por orden de Manuel Girón, fue apartado del grupo para, momentos después y sin compasión, infligirle un terrible apaleamiento y pisoteo delante de su hija que con gritos suplicaba por su padre. Como resultado de esta paliza sufrió la rotura de varias costillas y muchas magulladuras por todo el cuerpo y, aunque pudo retornar a casa por sus medios, murió pocos años después a consecuencia de estos hechos. Se cree que la somanta fue la represalia por la actitud mostrada por Basilio en una “visita” anterior a Pobladura. Los rojos, en aquella ocasión, necesitaban pan y al encontrarse con él se lo solicitaron. Basilio, mientras se iba hacia casa, les anunció que luego se lo traería. Pero, una vez en ella y sabiendo quienes eran los forasteros, huyó al monte por una puerta trasera.

Atraco camino de Riego de Ambrós[37]

Sebastián Martínez y su hijo Antonio, entonces un chaval, regresaban allá por el año1948 junto a otra mucha gente (unas cuarenta personas) del mercado de Ponferrada hacia sus hogares en las aldeas del camino de Santiago o de la Maragatería. Una vez dejado atrás el pueblo de Molinaseca, en la curva anterior a la del zigzag, les salió al encuentro un hombre con la orden de que se detuviesen y cumplieran sus advertencias. A continuación les indicó que fueran avanzando lentamente, en fila. Un poco más arriba otros dos camaradas les iban indicando que entregaran lo que de valor llevaran y que no dudarían en registrarlos si les infundían sospechas de que escondían fondos. Mientras esto ocurría, un compañero, paseando por los pretiles, vigilaba, y el Girón desde una peña, a unos 50 metros, contemplaba el conjunto. Cada uno de los feriantes iba haciendo entrega temerosamente de lo que portaba. Sebastián y Antonio retornaban con todos los fondos por no haber encontrado las reses idóneas. Al llegarle el turno, Sebastián les proporciona la cartera, habiendo tenido la fortuna de esconder el resto de sus caudales en los leguis. Seguidamente es Maximina, de Folgoso del Monte, quien ha de hacer el desembolso, pero adujo que no disponía de nada. Los del monte sabían que había vendido el buey y que tenía que llevar el dinero, por lo que insistieron haciendo uso de la violencia con ella, causa que la obligó a realizar la entrega de la cuantía obtenida y que había logrado ocultar en su moño. Viendo el maltrato hecho a la señora, Sebastián decidió entonces una nueva donación, pero los maquis, no satisfechos, le ordenaron que se apartara un poco para registrarlo de nuevo, con la advertencia de que por cada cinco pesetas que encontraran recibiría cinco tiros. A pesar de la exploración aún logró quedarse con 3500 pesetas. En este momento, se aproximó al grupo Miguel Alonso, cartero de Folgoso. Le dan el alto, pero no obedece la orden y, con suma rapidez, se arrojó por un terraplén, consiguiendo huir entre la vegetación. Como no lograban localizarlo, lanzaron varias ráfagas de metralleta sobre el matorral donde se escabulló. Daba pavor el estruendo de las balas en aquel profundo y estrecho valle.

Este hecho supuso la libertad de los demás rehenes, ya que los maquis temían que el fugado diera parte en Molina al destacamento de moros. Cuando éstos fueron informados de los hechos subieron en un camión, pero ya la banda había desaparecido.

Segunda experiencia de Antonio Martínez

En septiembre del año siguiente, Antonio Martínez, Paulino Liñán (de Murias de Pedredo) y Robustiano Lordén (de Corporales), terminada la feria de Lucillo, emprendieron camino de La Cabrera para asistir al mercado de Quintanilla de Ambasaguas, con la intención de hacer noche en Corporales. El primero llevaba un jamón que no pudo vender en el mercado de Lucillo.

Cuando estaba próximo el ocaso y subiendo el puerto de El Palo, fueron sorprendidos por los huidos, que les obligaron a pasar la noche con ellos. El jamón fue compartido por todos en la cena y lo poco que sobró lo incorporaron los maquis a su despensa. Hubo buena armonía y no sucedió nada especial ya que respetaron la orden del Girón:

– Hasta el amanecer no os podéis ir y cuando reanudéis la marcha no hagáis comentarios por el camino de nada, que yo me entero de todo. Ellos asumieron sus advertencias y, siguiendo con sus planes, acudieron a Quintanilla.

El atraco de Prada de la Sierra[38]

 

Comenzaba el otoño de finales de los cuarenta[39]. Un grupo de unas cincuenta personas regresaba de la feria de Lucillo a sus hogares por el camino que conduce a Prada de la Sierra. Eran habitantes de Prada, Manjarín y Carracedo. Al llegar al valle de Fuenlabrada, el Girón y otro de la banda les salieron al paso echándoles el alto. Mientras, un tercero les cortaba la posible huida por detrás y un cuarto se mantenía vigilante desde un alto. Los dos primeros, después de indicar al grupo que les entregaran los fondos que traían, comenzaron a registrar a la gente. Todos iban desprendiéndose de lo que poseían[40].

Mientras se estaba produciendo el atraco, uno de Carracedo, con mucho sigilo, pudo esconder bajo unas piedras su cartera con 16 pesetas y otro de Prada, Ramón Álvarez, con la artimaña de quejarse de un fuerte dolor de riñones, consiguió sentarse en una pared, momento que aprovechó para dejar resbalar por la espalda su monedero hacia el prado con seis pesetas. Al día siguiente ambos regresaron al lugar a recoger sus respectivas pertenencias.

Algo más tarde llegó Ángel Rodríguez, también de Prada, que se vio obligado a donarles el importe de la vaca vendida: dos mil pesetas[41].

 

Ya se encontraban en los alrededores del lugar desde la madrugada, pues le preguntaron a Gabriel Morán, de Prada, el motivo de la prisa que llevaba por la mañana, a lo contestó que pretendía alcanzar a su hija que había salido al alba con el carro a moler a Chana de Somoza.

 

Incendio y robo en Lucillo[42]

A principios de julio del año 1949, Domingo, un mozalbete de 16 años, pasaba la tarde en la cantina de Manuel Campano con otros mozos discutiendo el destino de las 50 pesetas del piso[43] que había pagado el médico, don Etelvino, con motivo de su boda. Como fuese avisado de que era necesaria su presencia en casa, situada en la parte inferior del pueblo, se marchó a ayudar a su madre. Al día siguiente, temprano, al ir al concejo convocado a causa de lo ocurrido en la tarde-noche anterior, contempló atónito el estado de la casa de Lorenzo Blas y se puso posteriormente al corriente de todo lo que había sucedido.

Al atardecer de ese fatídico día, Elisa Pérez Martínez se dirige, camino de san Mamede[44], en busca de repollos a su huerta. Entre unos robles próximos se encontraban cinco hombres[45] del monte con ropa de guardias civiles. Estos, creyendo que la señora los había descubierto, la retuvieron. Iniciaron con ella la marcha hacia el pueblo bajando por el valle de La Laguna. Al llegar a las escuelas se tropezaron con un muchacho, Nicanor Pérez, y dejaron a Elisa en libertad. Con el chaval se encaminaron a la cantina, donde cachearon a los presentes y los encerraron en la cocina, dejando a Miguel Pérez Pérez con el encargo de que, si al regresar no estaban, acabarían con su vida. En la calle se quedó uno de la banda vigilando.

Comenzaron la actuación en el pueblo exigiendo a dos de los muchachos que les acompañen a casa de Florencio Martínez Campano, quien, una vez que abrió la puerta, se vio obligado a proporcionarles el dinero solicitado y parte de la matanza.

Seguidamente, se encaminaron al hogar de Rosaura Campano, donde se hallaban Josefa, esposa de Manuel Campano, y Matilde Pérez. Les ordenaron que buscaran dinero entre los vecinos del pueblo, pero advirtiéndoles de que no se les ocurriera huir, porque si lo hacían acabarían con la vida de la hija de la primera, tomada como rehén.

De regreso a la cantina, Manuel Campano, después de recibir unos palos en la cabeza, les suplicó poder ir a casa de unos familiares y amigos en busca de fondos, pero, una vez liberado, ya no regresó. Tomó, por el contrario, el camino de Santa Colomba con el objetivo de avisar a la guardia civil. A la altura del actual cementerio, se encontró con Miguel Fuente, que estaba con las ovejas en las cancillas[46]. Una vez que le informó de lo que estaba ocurriendo en el pueblo y de cual era su decisión, juntos emprendieron el viaje en busca de las fuerzas del orden.

Otros dos jóvenes, más tarde, recibieron la orden de entrar en el pajar de Carmen Pérez y de coger unas mañizas[47], que iban a quemar la vivienda y el comercio de Lorenzo Blas. Cuando ya se encontraban ante el domicilio, picaron a la puerta, pero nadie atendió la llamada. En vista de ello, ordenaron a los muchachos que subieran mediante una escalera de mano a la galería y desde aquí que accedieran al interior y abriesen la puerta. Lorenzo[48] y su familia, alertados de lo que se les venía encima, ya habían abandonado por una puerta trasera el hogar. Los malhechores, sintiéndose burlados, vertieron petróleo en la galería y prendieron fuego a la casa.

Los vecinos, al ver las llamas, no dudaron en acudir presurosos y en hacer los preparativos para sofocar el incendio, pero no se les permite acercarse a la vivienda. Entre tanto, José Martínez inicia la subida al campanario a tocar a fuego, pero tuvo que desistir al oír silbar los disparos que le hacían desde la taberna.

Pasada la media noche, sobre las dos de la mañana, y cumplida ya su misión, decidieron marcharse con el botín por la calle que conducía a Busnadiego, llevando a Josefa y a Matilde como rehenes y así hacer tiempo a que sus maridos regresaran con el dinero. En la marcha se toparon con Toribio Alonso[49], que acudía a apagar el fuego. Al detenerlo, les increpó diciéndoles que parecía mentira que no le dejaran bajar, con los favores que le había hecho a la guardia civil. Uno de ellos le propinó unos culatazos acompañados de estas palabras:

– Deja quemarse la casa, que es de un falangista.

Cuando ya se encontraban a unos dos kilómetros del pueblo, decidieron dejar en libertad a las mujeres.

Parece ser[50] que camino de Busnadiego, en La Pervida, cambiaron el rumbo y por el camino de Peñacavada se dirigieron hacia Boisán, donde durmieron en una casa amiga. Al día siguiente cargaron todo lo robado en una camioneta que les estaba esperando y se lo llevaron.

El robo en Chana de Somoza

El domingo 16 de julio[51] de 1950, al atardecer, el Girón, de paisano, y cinco más disfrazados de guardias civiles, cruzaron el río Duerna y se encaminaron hacia la vivienda de Pablo Martínez. Éste y su hija Delia, que habían ido a la fuente en busca de agua, cuando se disponían a entrar en el hogar, se percataron de su presencia y comentaron con extrañeza mientras cerraban la puerta: ¡qué tarde viene hoy la guardia civil! Pasados unos instantes, los bandoleros[52] llaman a la puerta y penetran tres en la casa manifestándoles quiénes eran y cuáles eran sus intenciones. Ya en la cocina, le pidieron treinta mil pesetas y comida. Uno de ellos preparó unas tortillas[53], que cenaron,  no sin antes solicitar la prueba a padre e hija y a su nieto Pablo, de 6 años. Durante la estancia se interesaron por el joven, Agustín Franganillo, que se había caído de un cerezo y que ellos habían contemplado desde el monte, al otro lado del río.

Casa y taller de Pablo Martínez

Seguidamente revolvieron los armarios en busca de dinero y de una escopeta que sabían que poseía el hijo. Como no consiguieron los fondos solicitados, el Asturiano, apaleó con un garrote salvajemente a Pablo en la espalda, hasta ponérsela negra, a pesar de sus gritos de dolor y de sus promesas de hacerse con el dinero que faltaba. Pero, no sólo no accedieron a los ruegos, sino que además les amenazaron con prenderle fuego a la casa con ellos dentro.

Los dos bandidos que hacían guardia en la calle, al ver al niño de tres años, Jacinto, salir de su casa, contigua a la del abuelo, le dieron una peseta de papel. Mientras esto estaba ocurriendo, regresaron los yernos, Tomás y Lisardo, de las faenas del campo con la pareja de bueyes. Al encontrarse con esta sorpresa, hicieron ademán de pasar al interior de la vivienda, pero no se lo permitieron; sin embargo sí consintieron, ante sus ruegos, la introducción de los animales en la cuadra. En estos momentos llegaron al lugar dos pescadores de Quintanilla, que también fueron retenidos.

Al no poder completar la cantidad que habían solicitado, instaron a los yernos a buscar la parte pendiente en Filiel, encomendándoles insistentemente que fueran con un farol siempre encendido[54]. Emprendieron el viaje por  el camino de los linares, desde donde veían luces que se apagaban y encendían en las tierras cercanas. La situación no les permitía articular palabra alguna. Dejan atrás la Cavadura, el río y se van acercando a Filiel. Toman la calle de arriba, la que les va a conducir  a la cantina de Maximiliano Sampedro. Al llegar a la taberna explican el motivo que les tría, consiguiendo de Maximiliano la entrega de 3000 pesetas. Otros vecinos presentes, tras oír lo que ocurría en Chana y con la experiencia de años atrás, decidieron abandonar rápidamente la tienda y huir al monte.

Ante la imposibilidad de conseguir más dinero decidieron regresar. Una vez que abandonaron la aldea por el camino de Lucillo, habiendo dejado atrás la curva desde donde se da vista a Chana, en el Matoso, se dieron de bruces con los huídos, que traían a Pablo, a su hijo Moisés y a Marcos Martínez con ellos. El Girón les preguntó por la cantidad que habían conseguido, a lo que ellos contestaron temerosamente que 3.000 pesetas, que les había sido imposible hacerse con más porque los hombres, al enterarse de los hechos, se habían fugado al monte.

El Girón entonces dijo:

– Matadlo.

– Haced conmigo lo que queráis – replicó Pablo.

De nuevo insistió que volvieran a Filiel, ahora acompañados de Moisés, para buscar más fondos. Así que por segunda vez se encaminaron a la misma cantina con la esperanza de encontrar a algún vecino despistado que les sacara del apuro. Como se la encontraron vacía, acudieron a la vivienda de Ramiro, único hombre que pudieron localizar, que les dio 700 pesetas. Retornaron sin conseguir el objetivo con preocupación y miedo. Cuando ya estaban aproximándose a la banda, uno de los huidos se interesó por el dinero logrado. Ellos le contestaron que sólo setecientas pesetas. El Girón comunicó a uno de los suyos: cuéntalo y, si no está bien, pegadle un tiro al abuelo. Quiso la suerte que coincidiera con la cantidad dicha, pues ellos, nerviosos y llenos de miedo, no lo habían contado. Seguidamente les indicaron que se fueran a casa, advirtiéndoles que pronto volverían por el resto, que lo tuvieran preparado[55].

Dos días después su yerno Tomás viajó a Astorga en busca de la cantidad pendiente para tenerla preparada.

Pablo cogió tal pánico que, cuando llegaba el atardecer, temblaba de miedo. Pocos meses más tarde se propagó la noticia de que el Girón había muerto en una cueva cercana a Molinaseca. Este suceso motivó que llegase cierto descanso a la casa, pero no impidió que Pablo falleciera en octubre del año siguiente con sólo 63 años.

Después de un tiempo, el vecino de Pobladura de la Sierra, el tío Ángel -el cantinero-, cliente y amigo de Pablo, le contó que aquella noche llamó el Girón a su casa y en la cantina, durante la tertulia y mientras tomaban unos vinos, le comentó:

-Venimos de robar al tío Pablo de Chana.

-¿Cómo habéis hecho eso, si es muy buena persona? – les replicó.

– Que se fastidie, que no convide a la guardia civil – contestaron ellos.

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

MARTÍNEZ LÓPEZ, Francisco, Guerrillero contra Franco, Diputación Provincial de LEÓN, León, 2002.

SERRANO, Secundino, Cónica de los últimos guerrilleros leoneses, Ámbito, Valladolid, 1986.

FERRERAS ESTRADA, Gabriel, Memorias del sargento Ferreras, Diputación Provincial de LEÓN, León, 2002.

MACÍAS, Santiago, El monte o la muerte, Madrid, 2005.

Sobre Maquis en la provincia de León. Referencias a Manuel Girón y al cabo 1º Manuel Fuentes López, Servicio de Estudios Históricos de la Guardia Civil, 1965, 2 folios.

 

[1] REIGOSA, Carlos G., La Agonía del León, Alianza, Madrid, 1995, págs. 166-222.

MARTÍNEZ LÓPEZ, Francisco, Guerrillero contra Franco, Diputación Provincial de LEÓN, León, 2002,

pág 128.

[2] REIGOSA, Carlos G., La Agonía del León, Alianza, Madrid, 1995, pág. 30.

[3] Entrevista con Julián Arce Panizo y Florencio Panizo Prada (último sacristán y yerno de Santos Viñambres), Pobladura de la Sierra, 8 de mayo de 2004.

[4] Padre de Julián Arce Panizo.

[5] Agujero bien conocido por ellos.

[6] Se cuenta que don Benjamín, viniendo en el tren a Astorga, comentó en el vagón que le gustaría conocer al Girón, que tenía que ser una persona inteligente.

Pasado un tiempo, llamó Manuel a su puerta en Molinaferrera y le dijo:

¿No quería conocer al Girón?, pues yo soy. Tuvo suerte que no habló mal de mí, si lo hubiera hecho habría tenido su merecido.

Igualmente varias veces oí contar a mi padre que allá por los años de 1947 ó 1948, Manuel Girón se encontraba pidiendo limosna en la plaza de Molinaferrera vestido con un mono azul y con un saco al hombro. Un falangista del pueblo, que lo había reconocido, dio cuenta de él para detenerlo. Don Benjamín, el sacerdote, que contemplaba los hechos, invitó al pobre a su hogar. Al poco tiempo, el indigente abandonó la casa rectoral acompañado del cura, quien, enfrentándose a la guardia civil que lo iba a apresar, les dirigió estas palabras mientras le hacía entrega al huido de una limosna:

¡Por favor!, déjenlo libre. ¿No veis que es un pobre mendigo?

 

[7] Entrevista con Salvador Mantecón, Lucillo, 24 de enero de 2004.

[8] Entrevista con Áurea Venéitez, su sobrina,  Astorga, 29 de enero de 2005.

[9] Entrevista  con su hijo Amable Martínez Alonso, Filiel, 23 de octubre de 2007. En ella, entre otras cosas, me contó que, pasados los años, en el bar de su hermano Francisco, en Barcelona, durante una tertulia, un desconocido, después de interesarse por el lugar de su procedencia, le comunicó que él había sido quien había aconsejado a Maximiliano que huyera porque tenían la orden de matarlo.

[10] Entrevista con Rosario Álvarez –hija de don César-, Astorga, 21 de julio de 2005.

[11] Florencio Panizo Prada me informó de que había trabajado de criado en casa de don Ángel Fernández El Duque, Secretario del Juzgado de los Barrios, y de que éste le había contado que, cuando procedía a levantar el cadáver de José Losada, conducido al cementerio de Salas y Lombillo (iglesia de S. Martín) a lomo de un burro, le había dirigido estas palabras:

– “¡Ah, bribón!, traes la cazadora de cuero de mi amigo don César”.

REIGOSA, Carlos G., La Agonía del León, Alianza, Madrid, 1995, Pág. 87, Valentín García Yebra relata la misma anécdota situándola  equivocadamente en la Cabrera.

[12] AGUADO SÁNCHEZ, Francisco, El maquis en España, Madrid, San Martín, 1975: Aldeas y pueblos leoneses como los de Quintanilla, Luyego, Somoza … padecieron las fechorías y crímenes del Girón y su banda …

[13] Entrevista  con Felicidad Martínez, esposa de Prudencio, Luyego de Somoza, 12 de julio de 2004.

Entrevista con Pedro Morán (yerno de Jacinto y sobrino de Claudio, el confitero), Luyego de Somoza, 25 de agosto de 2007.

[14] A la señora Julia, esposa de Claudio Morán, le pusieron toda la cara morada de los golpes que le dieron. Claudio se escapó y se subió al tejado de una casa cercana.

[15] Según testimonios recogidos, siempre era el ganador de las apuestas para pagar la ronda de bebida en la taberna, que consistían en dar una vuelta por la misma con un saco de 50 kg, cogido con los dientes.

[16] Existen sospechas más que razonables de que contaban con confidentes que les ponían al corriente de las personas idóneas para atracar en los distintos pueblos, por lo directos que iban y los conocimientos que de las familias tenían.

[17] Años más tarde marido de Celsa Venéitez.

[18] Entrevista con Saturnino Puente, Villalibre de Somoza, 12 de julio de 2004. En Villalibre cantaban: “Villalibre tente firme, que Luyego ya cayó, Quintanilla está temblando de los palos que llevó.

[19] Entrevista con Benjamín Cordero, Quintanilla de Somoza, 24 de agosto de 2006.

Asimismo me contó, que estando de pastor en los montes del Teleno, se encontró con Lucas Fernández, de Manzaneda de Cabrera,  que se había perdido en el monte debido a la niebla y la lluvia cuando se dirigía hacia Boisán en busca de una vaca. Se presentaron y entablaron una agradable conversación, manifestándole el cabreirés que todos los habitantes de su pueblo colaboraban con los rojos y que éstos se escondían en el pueblo. Este comportamiento se debía a que los huidos les realizaban trabajos del campo por las noches, como segar la hierba, el pan…,  e incluso les proporcionaban dinero si les hacía falta. En agradecimiento, los vecinos estaban vigilantes y, cuanto notaban la presencia de los guardias, les pasaban la noticia.

[20] Padre de Prudencio y de Josefa, la esposa de Jacinto.

[21] Después de un tiempo, Andrés le comentó a Domingo que si hubiese sabido que era él, le había entregado el rifle.

Aunque Andresito se recuperó de la herida, parece ser  que murió de las secuelas que le produjo el disparo.

[22] El relato de Áurea fue publicado en cartas al director del Faro Astorgano.

[23] Entrevistas con Áurea Venéitez, Astorga, 29 de enero y 1 de diciembre de 2005. Cuando los sucesos poseía 10 años.

[24] Entrevista con Julián Álvarez de Prada de la Sierra, Andiñuela de Somoza, 9 de agosto de 2003.

[25] Entrevista con Maximiliano Arce, hijo de Cándido, Andiñuela de Somoza, 24 de julio de 2005.

[26] Entrevista con Julián Álvarez de Prada de la Sierra, Andiñuela de Somoza, 9 de agosto de 2003.

[27] Entrevista con Bladimiro Carrera Fernández, Rabanal del Camino, 27 de noviembre de 2009.

[28] Era muy atrevido con la gente y no gozaba de simpatía entre el pueblo.

[29] Uno de ellos, pasado un tiempo, le comentó a Ambrosio Simón de Andiñuela que sólo los habían destituido cuando, por abandono del comandante de puesto, estaba legislado ser condenados a muerte.

[30] FERRERAS ESTRADA, Gabriel, Memorias del sargento Ferreras, Diputación Provincial de LEÓN, León, 2002, pág. 118.

[31] Sobre Maquis en la provincia de León. Referencias a Manuel Girón y al cabo 1º Manuel Fuente López, Servicio de Estudios Históricos de la Guardia Civil, 1965, 2 folios.

[32] MACÍAS, Santiago, El monte o la muerte, Madrid, 2005, pág. 123.

[33] Entrevista con Julián Álvarez de Prada de la Sierra, Andiñuela de Somoza, 9 de agosto de 2003.

[34] REIGOSA, Carlos G., La Agonía del León, Alianza, Madrid, 1995, págs. 212-213.

[35] Entrevistas con Julián Arce Panizo y Florencio Panizo Prada (último sacristán), Pobladura de la Sierra, 8 de mayo de 2004 y con Remedios Panizo (esposa de Daniel Viñambres), Pobladura, 5 de junio de 2004.

[36] Testimonio recogido en Astorga por Tomás Simón, padre del autor, de un nieto de Basilio en noviembre de 2006.

[37] Entrevista con Antonio Martínez, el Jamonero, presente en el atraco, Andiñuela de Somoza, 13 de junio de 2004.

 

[38] Relato y testimonio de Julián Álvarez (hijo de Ramón Álvarez), Andiñuela de Somoza, 9 de agosto del año 2003.

[39] Según Maximiliano Arce ocurrió en los años 1946 ó 1947.

[40] Hemos de destacar las 36.000 pesetas proporcionadas por los feriantes de Manjarín, obtenidas de las seis vacas que habían vendido (la mejor calidad de la hierba y el excelente cuidado que les proporcionaban las gentes de Manjarín a su ganado vacuno motivaban que las reses valieran mucho más que las de otros pueblos) y del valor de los dos jamones del suegro de Cándido Morán.

[41] Siempre se pensó en cuatro personas de Prada como cómplices, por el lugar estratégico elegido para el atraco y por el conocimiento del terreno.

[42] Entrevista con Domingo de Cabo Martínez en su casa, Lucillo,  24 de enero de 2004.

[43] Convite que ha de pagar a los mozos del pueblo el forastero que corteja a una joven.

[44] Monte en cuya ladera meridional se halla Lucillo.

[45] Alida menciona este atraco en su manifestación a la guardia civil cuando fue capturada, diciendo que había oído los comentarios del atraco a la partida, formada por El Girón, Pedro Juan Méndez, “El Jalisco”, Francisco Martínez López, “El Quico”, Silverio Yebra Granja, “El Atravesao” y Manuel Zapico “El Asturiano”.

[46] Puerta hecha a manera de verja, que cierra los corrales de ovejas en las tierras y en verano.

[47] Gavilla grande, de paja majada, que servía para alimento del ganado y para mullir la cuadra.

[48] En la entrevista mantenida con Salvador Mantecón en Lucillo me comentó que él venía de Boisán y que al llegar a su vivienda vio mucha gente ante la casa de Lorenzo contemplando, impotentes, como la consumía el fuego. Igualmente me dijo que el Girón y su pandilla estaban en la cantina de Campano impidiendo la subida al campanario a tocar a fuego.

[49] Entrevista con Toribio Alonso, Lucillo, 29 de enero de 2005.

[50] Entrevistas con Julián Arce Panizo y Florencio Panizo Prada, Pobladura de la Sierra, 8 de mayo de 2004, con Domingo de Cabo e Isaías Pérez, Lucillo, 29 de enero de 2005,  y con Victorino Pérez, Lucillo, 2 de noviembre de 2007.

[51] Testimonio de Tomás Simón y Delia Martínez que sufrieron los hechos. Entrevista con Luzdivina Simón, Chana de Somoza, 12 de noviembre de 2007.

[52] Los que entraron en la casa fueron Manuel Girón, El Asturiano y Alida González. Tomás Simón, el yerno, reconoció al Girón porque lo había visto en Molinaferrera un par de años antes y cita al segundo porque a él se referían con ese apodo los compañeros. En el exterior quedaron El Quico, El Atravesao y El Jalisco, dos en la calle y un tercero en las tierras de la Caldera, para controlar posibles movimientos inconvenientes. Estos son los que formaban la banda en estos momentos, como Secundino Serrano afirma en Crónica de los últimos guerrilleros leoneses 1947-1951, pág. 98.

[53] Informe de Delia Martínez, Tomás Simón y  Pablo Martínez (nieto): quien hizo las tortillas era Alida, por los ademanes y la forma de preparar la cena. Consumieron tres docenas y media de huevos.

[54] Forma de disuadirles de ir a Lucillo a poner el hecho en conocimiento de la guardia civil.

[55] El total del robo ascendió a 19.700 pesetas (16.000 que les dio Pablo más las 3.700 conseguidas en Filiel).

Martín Simón Martínez

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Una respuesta para “RACIAS DE MANUEL GIRÓN EN LA MARAGATERÍA”

  1. david rodera dice:

    esto quien lo cuentan los falangistas y amigos de la guardia civil que en esa epoca fusila a quien era rojo

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